Opinion

Si San Ignacio volviera…

Ignacio de Loyola llegaría a ser un hombre entre dos mundos, el medioevo y el Renacimiento. Una época convulsa con grandes semejanzas a la nuestra

Con el aumento de la población el acontecer histórico se desarrolla en una mayor escala, las guerras son más sangrientas, las sublevaciones sociales ganan en amplitud y violencia, se complica el gobierno y la administración. Asistimos con los viajes intercontinentales a la primera globalización.

El hombre del Renacimiento se percibe como un superhombre que rompe sus cadenas y así se vuelve más frívolo, pródigo y licencioso. Los propios representantes de la Iglesia, incluidos los papas, se vieron también sumidos en esta transformación,

Íñigo, por su origen, podríamos decir que era lo que hoy llamaríamos “un niño bien”, un “pijo” de entonces, un joven vasco rubio y fuerte que se siente transformado desde su herida en Pamplona 

Ignacio tiene un encuentro místico, pero progresivamente matizado con los pies en el suelo. Cree en la Iglesia, a pesar de la corrupción dominante. Su equivalente hoy sería desafección a la misma, por ejemplo, con la pederastia

El maestro Ignacio pone el acento en el corazón unido a Dios más que en los medios y la sabiduría humana

Pero Ignacio no quiso tampoco perderse en los abismos de la mística. Su gran logro fue descubrir la unidad del todo. La clave reside en su “Contemplación para alcanzar amor” llevada a la vida con un gran sentido práctico

Como dice Francisco, “el sueño de Dios para Ignacio no se centraba en Ignacio. Se trataba de ayudar a las almas. Era un sueño de redención, un sueño de salir al mundo entero, acompañado de Jesús, humilde y pobre”

En una palabra, Ignacio hoy recomendaría desde la experiencia y la intimidad con Dios seguir a Cristo cada día, verle en nuestros hermanos y discernir, según los signos de los tiempos, cómo actuar en cada momento.

El 31 de julio, día de su fiesta, se clausura en todo el mundo el año Ignaciano, que ha conmemorado el quinto centenario de  su conversión y el cuarto de su canonización. La Compañía de Jesús, con estas celebraciones ha encontrado una oportunidad propicia para recordar su estilo de vida y la fuerza transformadora de su cosmovisión. Aquí pretendemos evocar la importancia de la figura de Ignacio para nuestro mundo de hoy intentado responder a esta pregunta: ¿Qué haría san Ignacio si volviera ahora entre nosotros?

ESPAÑA Y EL MUNDO EN TIEMPOS DE ÍÑIGO

Cuando Íñigo nació en 1491, España y el mundo se encontraban en una auténtica convulsión. La Edad Media llegaba a su término y Europa entraba en el Renacimiento. Así que el recién nacido llegaría a ser un hombre entre dos mundos.Una época con semejanzas a la nuestra. Europa en la última parte del siglo XV asistía a grandes descubrimientos e invenciones. Los exploradores zarpaban hacia el Oeste, a las Américas, y por el sur hacia África, mientras los estudiosos volvían su mirada a las civilizaciones olvidadas de Grecia y Roma. La imprenta alimentaba la sed de conocimientos entre la clase media; la pólvora revolucionaba la estrategia de la guerra, y la brújula la de la navegación. Era el fin de la época de caballería y el comienzo de un nuevo humanismo, un tiempo pues de cambios rápidos, agitación social y guerras.

También estaba transformándose la población. En el siglo XIII la Europa centro-occidental pasaba de unos 30 millones de habitantes a más de 50 millones en el año 1500, a pesar de las mortíferas pestes de los años trescientos. Con el aumento de la población el acontecer histórico se desarrolla en una mayor escala, las guerras son más sangrientas, las sublevaciones sociales ganan en amplitud y violencia, se complica el gobierno y la administración. Asistimos con los viajes intercontinentales a la primera globalización.

En Europa se estaban produciendo cambios económicos y políticos. Los siglos XIV y XV marcan el comienzo de la gran época mercantilista. Oriente se aproximaba a través de Venecia. Inglaterra y Flandes acumulaban beneficios, mientras los países bálticos se enriquecían con centro en Brujas y Amberes. La banca residía sobre todo en manos italianas, a la vez que transformaciones políticas sacudían el continente. Del régimen de señores feudales se pasaba una administración centralizada. A finales del XIV existía ya una burguesía ciudadana, artesana y comercial, que conseguía enriquecerse más que los príncipes.  Por eso Ignacio viajaría a pedir limosna para sus estudios a los mercaderes de Flandes.

El hombre, protagonista del Renacimiento

El hombre se percibe como un superhombre que rompe sus cadenas y así se vuelve más frívolo, pródigo y licencioso. Los propios representantes de la Iglesia, incluidos los papas, se vieron también sumidos en esta transformación, que va resquebrajando la vieja cristiandad. El hombre rechaza la tutela de la Iglesia y del Imperio; se imponen constantes fricciones entre papa y emperador, a los que se une la creciente decadencia de los monasterios y las órdenes mendicantes en busca de privilegios; se imponen la simonía y el cisma. Todo contribuye a que en el s. XIV cunda en la Iglesia la sensación de miedo.

En plena amenaza del turco y la toma de Constantinopla, comienza la empresa fallida de la Cruzada. Se respiraba en el ambiente un nombre: Jerusalén y su conquista. Los reyes clamaron entonces por la reforma de la Iglesia y abundaban en la idea de reunir un concilio para curar tanta decadencia.

El primer papa renacentista, Nicolás V, reunifica la Iglesia y sus sucesores se empeñan en embellecer Roma cuando surgen los nacionalismos. Esto acontece aun en países tan divididos como Alemania e Italia. Al mismo tiempo en España, ocupada con expulsiones de judíos y moriscos, nace un cripto-judaísmo y un cripto-islamismo que invita a los Reyes Católicos a echar mano de la Inquisición, que más adelante añadirá a estas causas la de los «alumbrados», un movimiento que afectará de lleno a los intereses de Ignacio.

Al pontificado llegan nuevos papas renacentistas mucho más preocupados por todas las intrigas italianas que por las causas verdaderamente universales. Y cuando el pontificado empieza a salir de esa situación, Ignacio pisa las calles de Roma, donde la aparición de la reforma de Lutero y el miedo a la herejía afectarán profundamente la vida, la fundación y el gobierno de la Compañía.

IGNACIO EN EL MUNDO DE HOY

Nuestro mundo vive cierto paralelismo con el de Ignacio con grandes cambios tecnológicos, globalización, caída de valores, nacionalismos, imperio de la materia, desmitificación secularizada, confusión posmoderna, pandemia, terrorismo, migraciones, globalización, hambre, deterioro ecológico, miedo al futuro y un largo etcétera.

La primera respuesta de Ignacio está en su vida, bien conocida por las numerosas biografías existentes. Desde sus experiencias e ideas aquí nos limitaremos a responder en lo posible a la pregunta: ¿qué haría él hoy día?

Ignacio y primeros compañeros

En primer lugar, por su origen, podríamos decir que era lo que hoy llamaríamos “un niño bien”, un “pijo” de entonces, un joven vasco rubio y fuerte que se siente transformado desde su herida en Pamplona y su convalecencia, lo que le hace descabalgar de sus sueños de caballero andante, “ligón”, “guaperas”, ambicioso, algo pendenciero, formado en la Corte de Castilla para medrar en su tiempo. Eso sí, buena persona con grandes ideales y una fe de fondo.

Su enfermedad y primeros pasos en Loyola y Manresa le proporcionan una experiencia directa de Dios. Más que las visiones, lágrimas y otros fenómenos sobrenaturales, lo importante es que sintió a Dios por dentro, que le instruyó personalmente “como un maestro de escuela”, hasta experimentar su inefable incomprensibilidad. Esta vivencia se plasmará en sus famosos Ejercicios Espirituales, su mejor logro y gran “secreto” de los jesuitas en el futuro. Hoy el mundo, como siempre, necesita la experiencia de Dios, la ansía. Pero quizás con mayor intensidad después de la secularización y un pasado siglo XX que ha sido “el siglo del hombre y la libertad” desde el imperio de la tecnología. Por eso están de moda muchas y diversas búsquedas espirituales de todo tipo.

Ignacio tiene un encuentro místico, pero progresivamente matizado con los pies en el suelo. Cree en la Iglesia, a pesar de la corrupción dominante. Su equivalente hoy sería desafección a la misma, por ejemplo, con la pederastia, el descrédito de las religiones monoteístas, el supermercado “a la venta” de múltiples espiritualidades.

El otro lado del hallazgo ignaciano es el sentido práctico. Sabe por experiencia y dificultades en sus primeros pasos apostólicos que ha de prepararse intelectualmente, entre tanta confusión reinante; ha de alcanzar instrumentos para hacer partícipe a los prójimos de su gran descubrimiento. Para ello estudia en Alcalá, Salamanca y París, pero sin dejar nunca de dar mayor importancia a lo que nos une a Dios, la gracia, que a la eficacia meramente humana. Por decirlo de otra manera, pone el acento en el corazón unido a Dios más que en los medios y la sabiduría humana. ¿Qué haría Ignacio hoy día? Sin duda se volcaría otra vez en acercar al hombre a Dios a través de los Ejercicios y la oración, más que en las instituciones o grandes estructuras que regentan actualmente sus hijos, inútiles si no son insufladas de espíritu. Como dice Karl Rahner, para “ayudar a que se produzca esa experiencia directa de Dios, en la que al ser humano se le revela que ese misterio incomprensible que llamamos Dios es algo cercano, se puede hablar con Él y nos salva por sí mismo precisamente cuando no tratamos de someterlo, sino que nos entregamos a Él incondicionalmente”[1].

Ignacio de Loyola

Pero Ignacio no quiso tampoco perderse en los abismos de la mística. Su gran logro fue descubrir la unidad del todo. La clave reside en su “Contemplación para alcanzar amor”, última meditación de los Ejercicios. Hoy nos urgiría de nuevo a que fuéramos “contemplativos en la acción”, que viéramos el mundo y los acontecimientos como una realidad provista de transparencia, en la que Dios se me está regalando en cada brizna de belleza, incluso en el dolor, la pandemia, el fracaso, hasta las guerras. Pues detrás de las limitaciones, contingencias del tiempo actual nos descubriría una secreta luz, su último sentido

En aquel ambiente depauperado que le tocó vivir, estuvo cerca de los pobres, los marginados y olvidados de su época. Vivía en los hospitales, hospederías miserables, se preocupaba de las prostitutas de Roma, robaba tiempo a sus ocupaciones de primer general de la Compañía para dar catequesis a los niños. Desde su cojera atravesó España y Europa o fue a Jerusalén sin provisiones. Su único pasaporte era la confianza en Dios.

Pedro Arrupe, su sucesor, interpretó este carisma para nuestro tiempo desde la opción por la justicia que brota de la fe, y sus últimos desvelos fueron en favor de los refugiados y drogodependientes. En las desigualdades del neoliberalismo actual Ignacio estaría sin duda al lado de los últimos, como está haciendo también su hijo espiritual el papa Francisco: “El sueño de Dios para Ignacio no se centraba en Ignacio. Se trataba de ayudar a las almas. Era un sueño de redención, un sueño de salir al mundo entero, acompañado de Jesús, humilde y pobre”, 

Pero sobre todo fue un gran enamorado de Jesús. En Jesús encontró a Dios, que vino a nosotros como carne estremecida, sudor, sonrisas, lágrimas, dolor, misericordia, palabra concreta, consuelo, libertad, haciéndose uno más de nuestra finitud. Su locura por Jesús le llevó a Palestina donde pretendía sobre todo seguirle literalmente. Se la jugó solo porque se había olvidado de contemplar sus huellas en el Monte de los Olivos. En Jesús crucificado y resucitado, en ese Jesús que a un tiempo es abandonado y recibido por Dios, hallaba definitivamente presente esa unidad que puede ser asumida en la fe, la esperanza y el amor. Más que nunca el dedo de Ignacio señalaría hoy la persona de Jesús. Toda su vida fue una aventura de seguirle pobre y humilde. “De lo que te enamoras te cambia la vida”, dirá Pedro Arrupe.

Descubrió la esencia del Evangelio al romper con una familia vasca que le habría catapultado a esferas de riqueza, poder y éxito. Luego, ya de general, en razón de su cargo acabó por codearse con cardenales y príncipes de este mundo, sin que nada de eso le privara de la fuerza espiritual que procedía de su desmedido amor a Jesucristo. En su gabinete de Roma, donde gobernaba una Compañía en expansión seguía siendo un desasido peregrino de Cristo.

“Magnanimidad” es la palabra que utiliza él mismo junto a “fortaleza de ánimo” para describir en las Constituciones al futuro general en una especie de autorretrato, “sin perder ánimo con las contradicciones, aunque fuesen de personas grandes y potentes”, sin dejarse apartar por ruegos o amenazas, estando por encima, ni “levantarse con los prósperos ni abatirse con los adversos; estando muy aparejado para recibir, cuando menester fuese, la muerte por el bien de la Compañía, en servicio de Jesucristo, Dios y Señor nuestro”.

'Para alcanzar amor' Esfera de los Libros

En una palabra, Ignacio hoy recomendaría desde la experiencia y la intimidad con Dios seguir a Cristo cada día, verle en nuestros hermanos y discernir, según los signos de los tiempos, cómo actuar en cada momento. Así lo resume su actual sucesor Arturo Sosa[2]: “Guiados por el discernimiento de las Preferencias Apostólicas Universales hemos aceptado el reto de escuchar el grito de los pobres, los excluidos, aquellos cuya dignidad ha sido violada. Hemos aceptado caminar con ellos y promover juntos la transformación de las estructuras injustas que se han puesto de manifiesto tan claramente en la actual crisis mundial. Y permítanme ser claro: esta crisis no es sólo sanitaria y económica sino, sobre todo, social y política. La pandemia del Covid-19 ha mostrado las graves deficiencias de las relaciones sociales en todos los niveles, el desorden internacional y las causas del desequilibrio ecológico. Sólo el amor de Jesús trae la curación definitiva. Sólo podemos ser testigos de ese amor si estamos estrechamente unidos a Él, entre nosotros y con los descartados del mundo”.

Para saber más, cfr. mi libro «Para alcanzar amor·, ed La Esfera de los Libros.

[1] Karl Rahner, Palabras de Ignacio de Loyola a un jesuita de hoy, Sal Terrae, Santander, 1990.

[2] Para saber más del actual general y las últimas opciones de la Compañía cfr: Arturo Sosa, El camino con Ignacio, En conversación con Darío Menor, ed. Mensajero, Bilbao, 2021.

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