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Por qué cayó González Daher

No fue una pena descomunal y, además, lo absolvieron de la acusación de lavado de dinero, pero es un hito en la historia reciente del Poder Judicial. Hasta hace pocos años la proeza de condenar a la cárcel a Óscar González Daher sería impensable.

Construyó en Luque una inmensa estructura política sostenida en el clientelismo local –Municipalidad, Aeropuerto y Dinac– y ampliada luego a nivel nacional cuando logró ser parlamentario y se le abrieron las puertas para traficar influencias en otro Poder.

Se convirtió en el amo del Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados, desde donde mantenía arrodillados a jueces y fiscales temerosos de perder el cargo.

Esta alianza político – judicial le redituó ingresos formidables y fortaleció los negocios de su hermano Ramón, quien hace poco devolvió al fisco unos seis millones de dólares provenientes de usura y lavado de dinero. Para entonces, el clan familiar era intocable y temido.

En 2010 periodistas de este diario evidenciaron la inmensa evasión de impuestos inmobiliarios por 65 casas, edificios y quintas situados en Luque. González Daher zafó fácilmente del proceso judicial, pero su imagen salió maltrecha.

Pero años más tarde, recibiría un golpe demoledor: Los audios de Mabel Rehnfeldt en los que se lo escuchaba en pleno “apriete” a magistrados y agentes fiscales. El teléfono celular de su secretario, Raúl Fernández Lippmann, fue el arma mortífera que acabó con su carrera política. Eso no ocurrió enseguida, pues, como se resistió a renunciar a su candidatura a senador, se convirtió en un lastre para las campañas de Santiago Peña en las internas coloradas y de la ANR, en las generales. Volvería al Senado, pero al poco tiempo fue defenestrado, pues la prensa había hecho el trabajo que la Fiscalía nunca hizo: Investigar las conexiones más finas del entramado de corrupción del ya entonces llamado “Señor del mal”.

Igual hubiera podido sobrevivir a ese escenario adverso si no fuera por dos factores, uno interno y otro externo. El interno radica en la gente, en los ciudadanos comunes, como la activista social Esther Roa y muchos otros, que lo denunciaron incansablemente, en escraches que se hacían día tras día, aunque lloviera o hiciese frío. Sin esa presión, la justicia no se hubiera movido. Y, en cuanto pudo, intentó acallarla.

No fue una casualidad que Esther Roa sea una de las únicas personas que afrontan un juicio oral por haber violado la cuarentena sanitaria al liderar una marcha contra la corrupción. Más de 6.000 procesos similares se finiquitaron con multas. Pero la Fiscalía ya no disimula su criterio selectivo, aunque los argumentos no tengan pies ni cabeza.

Los González Daher eran tan poderosos que quizás hubieran podido soportar el enojo de la calle hasta hoy. Pero el factor externo fue demasiado, incluso para ellos. Es humillante como nación tener una justicia tan miedosa ante el poder. Nos tienen que tirar la oreja desde afuera. Recuerde que Óscar fue señalado como “significativamente corrupto” por los Estados Unidos como para que se enteren los jueces paraguayos. Y que Ramón fue sacado de la Vicepresidencia de la Asociación Paraguaya de Fútbol por la FIFA por no reunir “criterios de integridad”. Aquí, lo sabían todos, menos nuestros tribunales.

Cuando el agregado legal de la Embajada de los Estados Unidos se sentó a escuchar el juicio oral a Óscar González Daher nos estaba diciendo “los estamos mirando”. Su mirada no era, en verdad, impasible. Tenía el rostro de Gafilat.

Como sea, la suma de estos factores permitió que se diera esta condena inédita.

Ojalá los jueces tengan el coraje de enviarlo a la cárcel, pese a que le quedan varias instancias, infinidad de chicanas y suficientes amigos en el Palacio de Justicia. Pero aquí, en el reino de la impunidad, esta escueta sentencia tiene un obstinado halo de esperanza.

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