Opinion

Mariano Delgado: «Fratelli Tutti no rinde homenaje al relativismo, como pregonan los católicos conservadores»

«El Papa Francisco ha vuelto a soñar despierto. Después del sueño de la «revolución de la ternura» en Evangelii gaudium (2013), ahora responde «frente a diversas y actuales formas de eliminar o de ignorar a otros … con un nuevo sueño de fraternidad y de amistad social que no se quede en las palabras» (Fratelli tutti, n. 6)»

«Antes de tratar los temas típicos de una «encíclica social» y esbozar algunas «líneas de acción», nos explica en tono kerigmático la historia del Buen Samaritano, que contaba Jesús hace dos mil años»

«Aunque la Iglesia se ha convertido finalmente en una abogada ardiente de esos valores de la modernidad, bien es cierto que no ha podido o sabido ver a su debido tiempo en el universalismo de la razón filosófica, jurídica y política más que una forma de «indiferentismo» y «relativismo», como muestra la condena de la libertad religiosa o de la «fraternidad» interconfesional e interreligiosa aún bajo Pío XII»

| Mariano Delgado, Decano de la Facultad de Teología de Friburgo (Suiza)

El Papa Francisco ha vuelto a soñar despierto. Después del sueño de la «revolución de la ternura» en Evangelii gaudium (2013), ahora responde «frente a diversas y actuales formas de eliminar o de ignorar a otros … con un nuevo sueño de fraternidad y de amistad social que no se quede en las palabras» (Fratelli tutti, n. 6). El nuevo sueño es el viejo, el hilo conductor de su pontificado, la conversión o reorientación en las relaciones humanas según el principio del «amor», con consecuencias para la religión, la política, la economía y la cultura.

Tras una obertura, en la que nombra las sombras y las razones del pesimismo (desde el resurgimiento de los nacionalismos y los populismos, las repetidas violaciones de los derechos humanos y la globalización sin un núcleo ético hasta la pandemia actual), nos invita a la audacia de la esperanza (n. 55). Y antes de tratar los temas típicos de una «encíclica social» y esbozar algunas «líneas de acción», nos explica en tono kerigmático la historia del Buen Samaritano, que contaba Jesús hace dos mil años (n. 56).

Francisco ve en ella un paradigma para el estado del mundo y, al mismo tiempo, para la conversión hacia la amistad social más allá de las fronteras de religión, lengua, clase y nación: «La inclusión o la exclusión de la persona que sufre al costado del camino define todos los proyectos económicos, políticos, sociales y religiosos» (n. 69). Francisco cierra el capítulo sobre el Buen Samaritano con una reflexión autocrítica: «A veces me asombra que, con semejantes motivaciones, a la Iglesia le haya llevado tanto tiempo condenar contundentemente la esclavitud y diversas formas de violencia. Hoy, con el desarrollo de la espiritualidad y de la teología, no tenemos excusas» (n. 86). Anteriormente había sacado esta conclusión de la parábola de Jesús: «La paradoja es que a veces, quienes dicen no creer, pueden vivir la voluntad de Dios mejor que los creyentes» (n. 74).

Francisco firma la Carta encíclica "Fratelli Tutti"


Los no creyentes, y también muchos cristianos, quizás hubieran deseado que esta reflexión, la conciencia de cuánto debe la misma Iglesia a «la evolución histórica del género humano», por decirlo con las palabras de Gaudium et Spes (n. 44), se produjera explícitamente en varios lugares más de Fratelli tutti: por ejemplo, cuando se mencionan los derechos humanos, la libertad religiosa, la tríada libertad, igualdad y fraternidad o la fraternidad universal. Con su doctrina de la «unidad de la familia humana», la Iglesia tiene su propio camino hacia esos valores, y el cristianismo tiene su parte indudable en la génesis de los Derechos Humanos. Pero, aunque la Iglesia se ha convertido finalmente en una abogada ardiente de esos valores de la modernidad, bien es cierto que no ha podido o sabido ver a su debido tiempo en el universalismo de la razón filosófica, jurídica y política más que una forma de «indiferentismo» y «relativismo», como muestra la condena de la libertad religiosa o de la «fraternidad» interconfesional e interreligiosa aún bajo Pío XII en 1948 y 1950.

Por lo demás, la nueva encíclica social es un texto típicamente «franciscano»: formalmente, está impregnada del pathos retórico al que el Papa argentino nos ha acostumbrado desde la Evangelii gaudium. Más que otros documentos, consiste con frecuencia en una selección de citas de su propio Magisterio, por lo que también puede considerarse una especie de «testamento».

En cuanto al contenido, toca algunos temas que se discuten de manera más matizada en las ciencias económicas y en la ética política, como cuando fustiga de forma extremadamente crítica el liberalismo económico, pero no dice nada sobre la economía comunista-colectivista que ha llevado a muchos pueblos a la miseria; o cuando describe la propiedad privada sin matices como parte del derecho natural secundario, por lo que puede ser abolida en casos de emergencia social en favor del bien común. Se olvida de citar a Francisco de Vitoria, para quien el individuo como persona jurídica libre no puede ser sometido del todo al bien común determinado por el Estado. Pues el bien común es el resultado del bien de todos y cada uno de los ciudadanos (‘bonum commune componitur ex bonis particularibus’).

La revolución del cuidado

Es de agradecer la clarificación de la enseñanza de la Iglesia sobre la «guerra justa» y la «pena de muerte», considerando ambas como éticamente injustificables, también la guerra con la destructividad y los daños colaterales de las armas actuales. ¿Pero cuál es la alternativa frente al agresor, si el diálogo fracasa y la comunidad internacional siente su impotencia? Lo mejor de la encíclica se encuentra en las partes en las que el Papa puede reclamar con más propiedad su propia autoridad: en la amonestación a la «fraternidad» interreligiosa, para que las religiones contribuyan a la paz y la justicia en el mundo; en el discurso sobre el necesario «amor social y político»; en la amonestación a la «amistad social» siguiendo el ejemplo del Buen Samaritano, en la unión entre misericordia-compasión, reconciliación y perdón.

Fratelli tutti no es un texto ingenuo que idealice la naturaleza humana. Como los teólogos de Salamanca en el siglo XVI, el Papa parte de la naturaleza social del hombre, del «homo homini amicus», del que hablaba Francisco de Vitoria. Pero añade que también «tenemos que reconocer la capacidad de destrucción que hay en nosotros» (n. 209). Con este telón de fondo, nos invita a la «esperanza» de que volviendo a los valores universales de las religiones y culturas podamos mantener esta capacidad de destrucción bajo control.

Fratelli tutti tampoco es un texto que rinda homenaje al relativismo (ver n. 206 y sig.), como pregonan los católicos conservadores, a quienes este Papa se les atraganta. Francisco exhorta a los cristianos a escuchar la verdad de los demás y a respetar la acción de Dios en otras religiones, que para sus adeptos se han convertido en valiosas «fuentes» de valores. Pero subraya claramente que para los cristianos la fuente de la dignidad humana y la fraternidad está en el Evangelio de Jesucristo. Por lo tanto, nos invita a dejar que en nuestras entrañas vibre la «música del Evangelio» (n. 277) para comprender «la alegría que brota de la compasión, la ternura que nace de la confianza, la capacidad de reconciliación que encuentra su fuente en sabernos siempre perdonados-enviados», para que esa música se escuche «en nuestras casas, en nuestras plazas, en los trabajos, en la política y en la economía».

El Papa abraza a un fraile en una audiencia

Sería deseable que la nueva encíclica social del Papa Francisco encuentre eco también en España. Pero me temo que servirá de cantera a los unos (o los hunos, como decía Unamuno) y a los otros para enrocarse todavía más en sus puntos de vista: unos dirán que Francisco resalta la hipoteca social de la propiedad privada y lo interpretarán como respaldo de una política de nacionalización de empresas y bienes, mientras que otros le reprocharán no haber comprendido que la economía de libre mercado, a fin de cuentas, ha sido la que mejor ha funcionado hasta ahora, por lo que, según el viejo principio de la moral católica de que el “abusum non tollit usum”, conviene reformarla y corregirla, pero no demonizarla, y mucho menos cambiarla por modelos fracasados.

Los unos dirán que Francisco apoya las identidades locales, y los otros resaltarán su crítica fulminante de los nacionalismos y populismos. Los unos se sentirán apoyados en su visión de la memoria histórica para decir que hay que hacer justicia a las víctimas del franquismo, y los otros pensarán que esto vale sobre todo para la historia más reciente del terrorismo, que prohíbe una reconciliación a espaldas de sus víctimas, sobre todo cuando los autores de la violencia no piden perdón ni muestran arrepentimiento en la tierra de San Ignacio. Los unos y los otros harían bien en comprender el sentido principal del mensaje de Francisco: la necesidad también en la política de la concordia y el perdón, sin dejar de lado la justicia; la necesidad de «un nuevo sueño de fraternidad y de amistad social que no se quede en las palabras».

Delgado, decano de la Facultad de Teología de Friburgo

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