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Los desafíos de Pedro Fabro

San Pedro Fabro (1506-1546) es uno de los grandes desconocidos de la primera generación de jesuitas, «hermano mayor de todos», como los primeros compañeros solían denominarlo. Compañero y amigo de Ignacio de Loyola desde que e’ste llega a París (febrero 1528), compartirá con él y con Francisco Javier seis intensos años en la Sorbona que habrán de reorientar definitivamente su vida hacia la amistad profunda con Cristo en la Compañía de Jesús.

Agradecer fue una de las constantes vitales de Fabro. Recordar para agradecer, agradecer para interpretar su historia es lo que, en gran medida, ha ido tejiendo la vida de este creyente y jesuíta.

La historia de Pedro Fabro es una historia de Salvación, de agradecimiento sincero a Dios Padre: «Bendice, alma mía, al Señor y no olvides sus beneficios. Rescató tu vida de la muerte, te corona de amor y de

ternura» [MI].

El mundo de Fabro es un mundo en cuatro dimensiones en el que lo que se ve, se siente, se oye, se palpa… alcanza su verdadero sentido en la medida en que se va descubriendo su sentido religioso. Fabro nos invita a entrar en la escuela de la Teología del Mundo, en lo que el Mundo, en su más vibrante cotidianeidad, tiene de Logos de Dios, nos habla de Dios.

Todo puede ser interpretado desde Dios; ningún acontecimiento de la Historia alcanza su verdadero y último trasfondo y significado mientras no nos abre a la pregunta: «¿Dónde y cómo estás, Dios mío, aquí y ahora para mí?». Fabro dijo: «Porque la Gracia está siempre llamando a la puerta, y siempre y en todas partes nos previene y espera que cooperemos con ella con lo que tenemos en nosotros y que nos ha sido dado por la creación»

Para Fabro, vivir era rezar, y rezar era en gran medida permanecer en una conversación espiritual con este «nivel de realidad» que le construía como persona. Fabro es ejemplo de una persona abierta al trabajo de Dios, ejemplo de saber y desear moldear su mundo interno para facilitarle el trabajo al Espíritu que lo habita. No le resultó fácil.

Su lucidez no va a consistir sólo en un ver cada vez más claro la verdad última de su propio «yo», el pecador y el agraciado, sino además en dejarse afectar por aquello que tal luz le va provocando y en interpretar en clave de discernimiento de espíritus todo lo que le ocurre.

Fabro comienza su trabajo interior en París de la mano de Ignacio, quien «me ayudó a entender mi conciencia, mis tentaciones y escrúpulos»;

Fabro se ofrece, a través del cuerpo, a Dios nuestro Señor: «pedí para mí y para los demás, que todos los gestos y movimientos de mi cuerpo, hechos por amor a Dios, sean siempre gratos a Dios» [Af 213].

Fabro da gracias también por el cuerpo, porque así controla al alma y no le deja hacer lo que quiera: «Sin el cuerpo yo estaría dispuesto a hacer mucho mal del que ahora me veo libre, porque no obedece el cuerpo al alma al primer mandato de ésta ni se somete el cuerpo a los primeros impulsos e ímpetus de ella»; y añade: «¿y quién iba a impedirla que no anduviera vagando demasiado, si ni su propio cuerpo ni otro espíritu le recortase los movimiento de su voluntad?

«Es propio del Santísimo Sacramento concedernos la gracia de entrar siempre en nosotros para llevarnos a la conversión de nuestro corazón para que, siguiéndole, entremos más y más, cada día, en lo profundo de nuestras entrañas, es lo que desea Cristo que entremos y penetremos en nosotros hasta encontrar a Dios en nuestro interior» [M 74-75].

Fabro ve como propio del Santísimo Sacramento «concedernosla gracia de entrar siempre en nosotros para llevarnos a la conversión de nuestro corazón; para que siguiéndole entremos más y más, cada día, en lo profundo de nuestras entrañas» [

 María desempeña un papel central en la vida de fe y en la experiencia de oración de Fabro. Ve en ella una eficaz y cercana intercesora y mediadora ante el Padre de sus intenciones y peticiones. Formado en la escuela de los Ejercicios Espirituales, Fabro había aprendido con Ignacio a orar con los coloquios a «la Madre y Señora nuestra» [EE 109]. «Después de Cristo no hay nada más provechoso que la meditación de la vida y los hechos de la bienaventurada Virgen María. En ninguna parte encontrarás un ejemplo tan eficaz de compadecer con Cristo, no de seguirlo ni de servirle» [M 110].

Y en otra ocasión, después del día de la Asunción, «pedía a Nuestra Señora con mucha devoción, fe y esperanza que me alcanzase: primero, la santidad y pureza que son fruto de la castidad, de la sobriedad y de la limpieza de cuerpo, alma y espíritu; segundo, gobernarme y ordenar mi vida para el servicio de Cristo; tercero, la paz en este mundo con la práctica de las virtudes, y la paz también en el otro» [M 91]. La confianza de Fabro en la Virgen María es muy grande: «madre y abogada nuestra, toda hermosa y toda inmaculada exterior e interiormente, esta Señora nuestra, como digo, tiene poder ante el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.q

Cuenta el P. Goncalves da Cámara que «hablando de los ejercicios, decía -nuestro Padre Ignacio- que de los que conocía en la Compañía, el primer lugar en darlos tuvo el P. Fabro, el segundo Salmerón, y después ponía a Francisco de Villanueva y a Jerónimo Doménech» [FN I, 658]; es decir, parece que, según el autor del pequeño tratado de ejercicios, fue Pedro Fabro el que mejor lo había comprendido y quien mejor lo aplicaba

¿Qué buena noticia transmite hoy la vida y la experiencia de Dios acontecida en Pedro Fabro?; ¿en qué medida y de qué manera el trabajo de Dios y del Espíritu en Fabro evangeliza nuestras vidas, nos hace más amigos de Jesús, nos aproxima más y más al mensaje de las Bienaventuranzas… nos hace mejores personas y mejores cristianos?

En unos tiempos que conceden una primacía casi absoluta al «yo» en cada una de sus dimensiones (corporal, psicológica, social, anímico-espiritual), Fabro nos ayuda a redimensionar cada una de ellas, desvelando su contenido y significado últimos, apuntando hacia el Amor de Dios como plenitud para el ser humano. Como explorador y constructor de la subjetividad religiosa, Fabro desvela el interior del ser humano como lugar privilegiado para la revelación de Dios y posibilidad de encuentro con El. Fabro se tomó muy en serio su propio sentir y su propia sensibilidad, porque, ante todo, no era solo suya: era la manera que tenía Dios de encontrarse con él. Escuchar e interpretar su mundo interno implicaba mucho más que la búsqueda de un equilibrado bienestar propio que busca compulsivamente compensar ansiedades, inquietudes o cansancios propios de un «estrés incipiente»; escucharse e interpretarse es un modo de escuchar-Lo e interpretar-Lo, un modo de acceder a Dios.

En unos tiempos tentados por un desproporcionado antropocentrismo y en los cuales, «en nombre del hombre», cualquier intervención en la historia puede quedar justificada, Fabro nos ayuda a hacer lecturas teo-céntricas de la realidad más cotidiana, de nuestro caminar, de nuestras amistades y relaciones, de nuestra enfermedad o dificultad, de nuestros encuentros y despedidas…; desde su propia vida, Fabro nos muestra cómo hacer interpretaciones religiosas de aquello que nos sucede, leyendo nuestro acontecer desde la Providencia del Padre Bueno; nos ayuda a «reflectir» en los acontecimientos para «sacar provecho» en nuestra personal amistad con el Señor. En el vivir religioso de Fabro, la anécdota puede tornarse ventana a la trascendencia, y la historia, palabra y texto de Dios.

En unos tiempos de hipersensibilidades culturales y religiosas, tentados y amenazados de levantar murallas y construir «fortalezas» ideológicas con pretensiones «divinas», Fabro aparece como un eco profundo, animando a mantener encendida la llama de la máxima ignaciana: todavía será posible «salvar [denuevo] la proposición del prójimo» [EE 22] y hacer de la conversacióny del diálogo medios para el entendimiento. La oración de intercesión de Fabro, lejos de ser una práctica piadosay vacía, es para nosotros una forma de renovar en Cristo nuestra mirada sobre el otro, aunque sea distinto o incluso contrario a nosotros.

En unos tiempos tentados de un positivismo científico y una desproporcionada confianza en la ciencia por la ciencia, en el saber por el saber, Fabro remite a toda realidad a su carácter penúltimo, nos recuerda que todo es criatura y que, por tanto, todo está orientado felizmente a su Criador, de donde toma su identidad primera y más plena. Conocer en plenitud es alcanzar el trasfondo Misterioso y Divino de las cosas.

En unos tiempos marcados por el individualismo y el consiguiente olvido del hermano que puede sufrir tan cerca de mí, Fabro aparece como testimonio de la solidaridad en la oración.

La expansión infinita de su deseo, su capacidad de integrar en su intimidad con el Señor a todo ser humano, incluidos los enemigos, nos recuerda las palabras de Jesús sobre aquello que hemos hecho o dejado de hacer por «nuestros hermanos más pequeños» (Mt 25).

En unos tiempos de «silencio religioso», en los que hablar abiertamente con o acerca de Jesús de Nazaret no está bien visto en determinados ambientes y contextos, Fabro aparece como testigo conversador que no puede acallar la Presencia y la experiencia de Dios que ha recibido. Para Fabro, cualquier circunstancia es válida y propicia para hablar de Dios; el Dios que le habita se hace presente a los otros por su conversación: en alguna medida, vivir significaba para Fabro hablar con Jesús de los hermanos y hablar con los hermanos de Jesús.

Necesitamos, pues, revitalizar en nuestro mundo un carisma como el de Pedro Fabro: el de unas personas libres ante la tentación universal del brillo vacío y la fama desmedida; personas de paz que se sitúan ante el otro con la mirada tranquila y la conversación ancha y profunda; personas enraizadas en Cristo, seguras de El mucho más que de sí mismas; personas, por tanto, humildes y sencillas, felizmente ajustadas en su condición de siervos y amigos de su Señor, porque la experiencia les ha hecho vivir que en Él está la Vida.

Inspirándonos en Pablo de Tarso, podemos aplicar a Fabro lo que en una ocasión el Apóstol dijo a los cristianos de Roma: «A los que aman a Dios, todo les sirve para el bien» (Rm 8, 28).

 

 

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