Más Noticias de Paraguay

Las horas más oscuras

Y si el sistema se ve rebasado, muere más gente. Es así de simple. Es la diferencia entre lo que ocurrió en Taiwán o Corea y lo que está pasando en Italia. Por eso el principal objetivo de las medidas adoptadas en casi todos los países es desacelerar el contagio y que la gente se enferme gradualmente.

En Paraguay se estima que se enfermará aproximadamente la mitad de la población. Eso hace alrededor de 3,5 millones de personas.

Sabemos que el 80% desarrollará solo una forma leve de la enfermedad, que un quince por ciento requerirá atención médica, y que no menos del cinco por ciento necesitará de terapia intensiva. Estamos hablando de más de 70.000 pacientes graves. Para ellos, la oportunidad de sobrevivir dependerá de tener un lugar en la terapia intensiva.

Hoy contamos con 700 camas. Si la mitad de la población se enferma en las próximas dos o tres semanas, podríamos salvar como mucho al uno por ciento de los graves.

La ecuación es espeluznante. Morirían no menos de 69.000 personas.

Por eso se busca ganar tiempo. La única forma de reducir la cantidad probable de defunciones es que la enfermedad avance paulatinamente, de forma que la cantidad de graves nunca sea tan alta y se puedan salvar más vidas.

Solo que para hacerlo hay una única forma conocida: reduciendo la velocidad del contagio; y para ello hay que conseguir que la gente se quede en su casa.

Y acá viene el segundo drama. El aislamiento social supone en la práctica la paralización de la economía. Eso en Italia o España será grave en el mediano plazo, pero no de manera inmediata, porque desde que se aplicó el paro entró a funcionar la cobertura pública. Hay seguros de desempleo y otras formas de subsidio estatal. Ahora mismo la preocupación de españoles o italianos no es pasar hambre.

En Paraguay, sin embargo, no existe esa cobertura social. Un tercio de los trabajadores están por cuenta propia. Si no venden hoy no comen mañana. El otro tercio trabaja para micro o pequeñas empresas, la mayoría vinculadas con el área de servicios. La cuarentena las deja paralizadas, si no directamente en la quiebra. Solo pueden capear la tormenta la minoría que tiene más ingresos y los funcionarios públicos, cuyos salarios se pagarán como sea, así debamos endeudar al Estado para hacerlo.

Esta es la disyuntiva de hierro que debe enfrentar el presidente de la República. Para reducir el número potencial de muertos necesita desacelerar el contagio, y para ello está obligado a paralizar gran parte de la economía.

Hasta ahora se había jugado enteramente por la vida. Escuchó y respetó las directrices del ministro de Salud y sus técnicos. Pero el fantasma de la recesión recorre desde hace días los pasillos del Palacio de López.

En una medida sin precedentes, el Gobierno solicitó y obtuvo autorización para gestionar créditos por hasta 1.600 millones de dólares para combatir la enfermedad y sostener la economía. La urgencia es llegar ahora a los sectores más vulnerables, a esos que se quedaron hace más de una semana sin el ingreso diario. Hasta ahora, sin embargo, no encuentra el mecanismo para hacerlo, y los rumores de saqueos y caos social crecen.

El Ejecutivo cree que relajando la cuarentena ganará tiempo.

Es un error. Su única salida es hacer funcionar el aparato público a como dé lugar, ese músculo que solo ha servido siempre para la prebenda política. Y el presidente tiene solo unas pocas horas más cambiarlo. Lo que haga en estos días será lo que quede de su Gobierno para la historia. Estas son sus horas más oscuras, las que definirán de qué material está hecho.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *