Opinion Pastorales

La Querencia

Cuando conozco a alguien que después de haber salido de su terruño no lo extraña… lo compadezco.

Yo nací en un pueblo llamado Itatí, en la Provincia de Corrientes. Mi fe fue amantada por peregrinos y promeseros de la Virgen que allí quiso poner su trono hace más de cuatro siglos. Mi memoria de niño y joven guarda miles de imágenes conmovedoras: madres caminando de rodillas para pedir o agradecer, padres que dejando (o afirmando) su fortaleza varonil regaron con lágrimas un Camarín sagrado, niños que como yo corretearon por una Basílica sintiéndose en su propia casa, abuelos que como los míos enseñaron a ponerse serios para rezar y a vivir la Misa como una aventura…

Yo vi en el comercio familiar contar moneda a moneda a quienes ahorrando durante meses para visitar a María  querían darse el único lujo de una gaseosa para los niños y una cerveza o un vino “para los grandes”.   Allí también vi a mis padres hacer “la vista gorda” y contar mal para que les alcance a los clientes ocasionales y desconocidos…

Lo vi con mis propios ojos, no me lo contó nadie… pero eso era apenas en las fiestas grandes y en los fines de semana. Mi pueblo sabía ser pueblo de lunes a viernes, con su silencio y su intimidad, sus chimentos y comentarios, sus anécdotas y sus cambios, sus rincones y su majestuoso Paraná… Vivir en Itatí siempre fue maravilloso.

 Casi como si adivinase que mi estadía no sería permanente, supo cómo grabarse a fuego en lo más profundo de mi ser hasta confundirse con mi propia identidad sin que me diese cuenta…  y sin exigir nada a cambio. Nunca me reprochó que por dejarme embelesar por las grandes ciudades de la TV me perdí sus atardeceres… es que en los pueblos lo que sobra es tiempo, y siempre hay oportunidades para gozar de lo que hoy no pudo ser.  

Y un día me fui… y adonde llegué conocí otros pueblerinos que en el gran conurbano adaptados a sus reglas y viviendo su ritmo, no dejaban de recordar de dónde venían ni quienes eran. Hablaban de las fechas importantes y se dejaban ganar por la sonrisa. Son los que silban la música que escuchaban allá y hasta son capaces de reproducir con exactitud las fiestas a las que por la distancia no pueden volver.

Con ellos mi corazón consagrado latió mucho más fuerte aunque nuestros pueblos natales estuviesen distantes por muchos kilómetros. Me sentí formoseño, chaqueño, misionero, entrerriano, santafesino, cordobés, tucumano, salteño, jujeño, catamarqueño y santiagueño… y de ellos aprendí a vivir mi identidad como querencia y no como nostalgia.

Para algunos es lo mismo, para mí la diferencia es fundamental. El nostalgioso llora y añora el pasado, el de la querencia se sabe portador de valores que siempre son presente, no importa dónde esté ni el tiempo transcurrido. Extraña, pero no renuncia nunca a sentirse cerca, recuerda y actualiza.  Por eso hay pistas y bailantas que se llaman “La Querencia” en el pueblo natal y allá lejos en Buenos Aires, y además se transmite a las generaciones que van viniendo.

Desde hace algunos años soy testigo de esta experiencia y quiero contarles aqui…

La Peregrinación Juvenil del Nordeste a Itatí que se realiza en septiembre de cada año me formó de adolescente, cultivó mi juventud y me confirma en mi adultez sacerdotal. Desde la primera vez que caminé sentí (sin saber cómo expresarlo) que allí hay una riqueza que no  la puedo guardar para mí. Es una pesca milagrosa donde el peso de la red necesita ser compartido y celebrado.

Hace siete años el referente de un grupo misionero vino a preguntarme dónde podrían ir a vivir una experiencia de fe con gente del interior del país. Le presenté varias alternativas descreyendo que se fuese a concretar, pero a los pocos meses me volvió a preguntar qué se necesitaba para ir a peregrinar.  Les dije que se sumaran al grupo de jóvenes de la parroquia que iban a ir conmigo ese año y que eran unos veinte.  Pensábamos viajar en un micro de línea, pero con ellos conseguimos alquilar uno propio. Era apenas un fin de semana y al volver hubo consenso en que al año siguiente no sólo había que repetir sino además sumar unos días de misión que otra vez resultaron insuficientes y terminaron por convertirse en una experiencia de diez días para la que se junta moneda a moneda y que en estos años se triplicó en el número de participantes.

Son jóvenes adolescentes hijos de la computadora y el celular, que tienen al televisor como un alimento vital y cotidiano, pero van a mi pueblo a misionar y peregrinar cada año, y en una gran mayoría toman contacto con la fe de sus mayores, a veces sin siquiera suponerlo. Allá se olvidan de buscar señal , reclamar comodidad  o postear. Misionan y son misionados y al despedirse intercambian direcciones con la gente del lugar y lloran prometiendo volver como si se separasen de la propia familia.

Algunos de ellos reencuentran parientes otros aprenden chamamés y vuelven cantando especialmente  los que están dedicados  a la Virgen .

Y como si fuese poco, dos semanas después peregrinan a Luján con los resabios de las ampollas correntinas pero con las huellas juveniles de la Parroquia a la que pertenecen y la ciudad de la que son, donde viven y nacieron…

No hace falta decirles que en ellos hay reflejos bonaerenses de aquellos peregrinos y promeseros que cultivaron mi fe. Como aquellos, estos también saben de “despedidas aquerenciadas”, se van pero se quedan… y cuando al terminar el colegio no pueden volver a causa del trabajo o la universidad, van a despedir a los “sucesores” aconsejan como mayores que aprovechen la oportunidad, mandan cartas, y prometen que harán lo posible para volver el año próximo.

Esta es la Querencia… es “querer bien” como dice el Diccionario de la Real Academia, no empantanarse en los recuerdos ni llorar el pasado sino dejarse animar … Mucho más cuando la que moviliza es una Madre que con  los nombres de Itatí, Luján y todos los demás no hace sino decirnos a sus hijos que vayamos donde vayamos Ella está…

Por eso cuando escucho a alguien  que no sabe volver a su pueblo, y se enorgullece de no extrañar, lo compadezco y pido para él la gracia de “La Querencia”

Humbi SJ

(Testimonio compartido para el Novenario de la Fiesta del Señor de Mailín en Villa de Mayo -Buenos Aires-)

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