Opinion

La mitra de Jacinto Argaya en el museo catedralicio de Mondoñedo

«¡Qué importante siempre me pareció ser obispillo de Coria, Tarazona, Astorga o Mondoñedo! ¡Qué poco me pareció siempre ser cardenal de Madrid o de Barcelona, aunque tengan atributos tan femeninos como ‘eminencia y reverendísima’!»

«El pobre don Jacinto –dije en la comida- debió de haberlo pasado muy mal, con padecimientos al nombrar obispo auxiliar a un sacerdote, don José María Setién, con fama de ser lo justamente opuesto al obispo titular (Monseñor Argaya)»

«En el interior del extraordinario y magnífico Museo catedralicio de Mondoñedo, me llamó la atención una mitra allí expuesta, con las dos ínfulas de rigor y con indicación de que había sido de don Jacinto Argaya»

«El franciscano Fray José Gómez, al que tanta puñeta y puñetería hicieron en los últimos meses de vida, ya muy enfermo, antes y después de ser nombrado “Administrador Apostólico”, sucediéndole un Obispo de apellido conocido o Rouco»

Cuando fui feligrés mondoniense, por residir, siendo notario, en Santa Marta de Ortigueira (La Coruña), padecí las complejidades de lo plural y no la sencillez de lo singular: no supe si mi Catedral era la de Mondoñedo o la de Ferrol. Y que quede claro que, no obstante ello, me gustaba pertenecer a una diócesis de tanta historia y vecina de Asturias. ¡Qué importante siempre me pareció ser obispillo de Coria, Tarazona, Astorga o Mondoñedo! ¡Qué poco me pareció siempre ser cardenal de Madrid o de Barcelona, aunque tengan atributos tan femeninos como “eminencia y reverendísima”!

Nunca olvidaré que Cunqueiro escribió de los obispos de Mondoñedo, algunos muy milagreiros, habiéndome interesado uno que su vida fue un autentico milagro, Fray Antonio de Guevara, obispo, predicador franciscano, cronista, inquisidor y escritor del Arte de marear. Antonio de Guevara, obispo de Mondoñedo, le ocurrió lo que a muchos clérigos, que se pasan la vida predicando lo de Menosprecio de Corte y Alabanza de Aldea, diciendo lo que les gustaría retirarse a claustros, cuando lo que realmente apetecen son cargos y cargos, incluso llegar al Papado.

Ocurrió en Julio de 2016. Salí de Oviedo, camino del gallego Pazo de Mariñán, con vistas a la Ría de Betanzos, donde residí unos días, para escuchar, aprendiendo, las brillantes explicaciones jurídico-penales del admirado y querido don Manuel Marchena, Presidente de la Sala 2ª del Tribunal Supremo. Me detuve antes en Mondoñedo; en esa villa lucense volví a tocar los tarros o albarelos para pócimas en una farmacia vieja; pasé junto a la Confitería que durante años regentó el llamado O Rei das tartas, las pringosas tartas de Mondoñedo con guindas escarchadas, y al O Rei, al que recuerdo con unos bigotes muy negros y espesos, inadecuados para relamer tantos merengues.

Sandalias episcopales


Toqué con respeto la estatua de don Alvaro Cunqueiro, sentado, inmóvil, enfrente de la Catedral, recordando lo mucho bien de sus libros, contando cosas estupendas de Galicia y de Bretaña en El pasajero en Galicia. Dí paseos delante del Seminario de Santa Catalina, imaginando las enseñanzas de latines por profesores canónigos y canónicos y los fríos padecidos por seminaristas de pueblos, como el joven Rouco, cardenal luego por múltiples gracias y botafumeiros y la Monarquía católica.

Antes de entrar en el Museo de la Catedral de Mondoñedo, objeto principal de mi parada, recordé a los comensales con los que compartí mesa y mantel en el Parador de Ferrol, en el lejano año de 1979, siendo compañeros de mesa el Notario, entonces de Ferrol, el galleguista Alfonso de Zulueta de Haz y también el entonces Obispo de Mondoñedo, muy alto, gran persona y también galleguista, don Miguel Ángel Araujo. Monseñor Araujo, a los postres, a Zulueta y a mí, nos habló de su antecesor en Mondoñedo y Ferrol, el navarro obispo don Jacinto Argaya Goicoechea, el cual dio muchas vueltas y revueltas al Museo Catedralicio de Mondoñedo.

Al oír tal nombre y apellidos, como exclamando, recordé que don Jacinto, que en Gloría debe estar ya, después de dejar Mondoñedo, fue el último obispo franquista de San Sebastian, por decisión de San Pablo VI. El pobre don Jacinto –dije en la comida- debió de haberlo pasado muy mal, con padecimientos al nombrar obispo auxiliar a un sacerdote, don José María Setién, con fama de ser lo justamente opuesto al obispo titular (Monseñor Argaya); eso de ser auxiliar –añadí- fue una añagaza del Derecho Canónico para evitar el entonces vigente “Derecho de Presentación” de los obispos por el anterior Jefe de Estado. Los “cristos” –según recordé a mis comensales- debieron ser muchos, teniendo don Jacinto que dimitir. Ahora Argaya y Setién comparten enterramiento en la nave central y catedralicia del Buen Pastor de San Sebastián, junto al altar mayor, a derecha e izquierda (la zona central se reserva para Uriarte, post mortem.

Despedida de Setién

Por otros “cristos”, en el año 2000, tuvo que dimitir Setién, o lo dimitieron, que no se sabe bien, y dijeron que por problemas de salud, cardíacos. Lo realmente cierto fue la sorprendente rapidez –en tiempo récord- con la que el Vaticano aceptó la renuncia de Setién. ¡Qué alivio debieron exclamar en Roma! Estuve en la tarde del sábado, el 19 de enero del año 2000, en la ceremonia de despedida en la Basílica del “Buen Pastor” en San Sebastián, comprobando que Setién estaba como una rosa (fallecería 18 años después y eso que estaba malito del músculo cardíaco…). Felices me parecieron, aquella tarde, Setién y su Vicario, Pagola, del que yo era lector dominical de sus predicaciones en El Diario Vasco de San Sebastián.

Recuerdo aquella misma tarde haberme encontrado con el periodista, José Marí Calleja, recientemente fallecido, que “cubría”, cabreado, una manifestación etarra en procesión, bajando por la calle San Martín, pasando por delante de la Catedral donostiarra, la cual estaba abarrotada por la elegante burguesía donostiarra para despedir a su obispo “dimitido”, estando allí también Ibarreche, el lehendakari, al que con tanta ternura miraba Pagola.

Setién-despedida-Pagola

Y asunto muy curioso: la izquierda eclesiástica o San Pablo VI nombró a Setién Obispo y la derecha eclesiástica o San Juan Pablo II lo dimitió de Obispo, por ser muy frío y que, como se escribió, “no tuvo compasión y fue equidistante entre víctimas y verdugos”. Luego nombrarían al que estaba en Zamora y que, para despistar, decían que era muy amigo de los Oreja, los democrata-cristianos.

Ya, vuelta a Mondoñedo y en el interior del extraordinario y magnífico Museo catedralicio de Mondoñedo, me llamó la atención una mitra allí expuesta, con las dos ínfulas de rigor y con indicación de que había sido de don Jacinto Argaya. Allí había también una colección muy singular ¡nunca presencié cosa igual! de “zapatillas litúrgicas”, de colores y ya descoloridas que fueron utilizadas por antiguos ordinarios de la Diócesis. Esas zapatillas que en un artículo por mi escrito para el Ateneo de Gijón (“El Ateneo.es”) consideré que, por ligeras, eran muy adecuadas para levitaciones místicas, en oposición a lo que había visto en una monja carmelita contemplativa, que calzada pesadas madreñas de madera. Me interesaron mucho del Museo igualmente las cruces procesionales y los broncíneos incensarios góticos.

Obispos gallegos de la época de Rouco

Después de lo del Museo, seguí ruta y paré en la Catedral de Lugo para colocar una flor en la tumba –situada en la capilla de San Froilán- del que fuera Obispo de esa otra Diócesis, el franciscano Fray José Gómez, al que tanta puñeta y puñetería hicieron en los últimos meses de vida, ya muy enfermo, antes y después de ser nombrado “Administrador Apostólico”, sucediéndole un Obispo de apellido conocido o Rouco. En la capilla catedralicia de San Froilan me acuerdo de los lobos, pues a Froilán un lobo comió a su asnillo.

Y así, paso a paso, crucé Betanzos, donde a izquierda recé en Santa María del Azogue y donde comí a derecha la blanda tortilla betanceira; más tarde dormí en el Pazo de Mariñán, en el concello de Bergondo, de la Archidiócesis de Santiago de Compostela, en la que, en tiempos del Concilio, hubo un Cardenal apellidado Quiroga.

Fray José Gómez

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