Opinion

La «Magna Hispalense», el mayor templo gótico de la Cristiandad

La catedral sevillana se alza sobre la antigua mezquita-aljama, que se aproximaba en amplitud a la de Córdoba

Todo el edificio se asienta sobre una verdadera isla de piedras procedentes de edificios, estatuas romanas y visigóticas que le dieron consistencia y cimientos

La torre es la más hermosa de la arquitectura árabe. Su altura inicial fue de 82 metros

Reúne los trabajos de los grandes del tiempo; Gélver, Ahmed-Aben-Basó, Alí de Gómara, el maestro Alonso Martínez, Juan Normal, Simón de Colonia, Juan Gil de Hontañón, Zurbarán, de Valdés Leal, Murillo, Lucas Jordán, Pedro de Campaña, Gonzalo de Mena, Juan de Roelas…

En su Patio de los Naranjos predicaron san Vicente Ferrer, san Francisco de Borja, san Juan de Ávila, el beato Fray Diego de Cádiz y en él se ensalzó la pureza virginal de María y la devoción al Rosario y a la Divina Pastora

«Fagamos labrar una iglesia tal y tan buena, que no haya otra igual para los que de porvenir nos tengan por locos…» decidieron los miembros del cabildo catedralicio de Sevilla al afrontar la obra… 

“Fagamos labrar una iglesia tal y tan buena, que no haya otra igual para los que de porvenir nos tengan por locos…” De esta manera, con solemnidad, humildad y eficacia, constructiva, decidieron los ilustrísimos miembros canónigos del cabildo catedralicio de Sevilla afrontar las obras del nuevo y mayor templo gótico de la Cristiandad, que posteriormente habría de ser conocido y reconocido como la “Magna Hispalense”. Las obras se iniciaron el año 1402, terminándose en 15l9…

La catedral sevillana se alza sobre la antigua mezquita –aljama, que se aproximaba en amplitud a la de Córdoba. El arquitecto que la diseñó fue el célebre matemático Gélver, a quien se le atribuye nada menos que la invención del Ál-Gebra. El que diseñó la torre fue Ahmed-Aben-Basó. Alí de Gómara diseñó los adornos de ladrillo, que sobrepasaron el más bello canon de exorno de la arquitectura musulmana. Todo el edificio se asienta sobre una verdadera isla de piedras procedentes de edificios, estatuas romanas y visigóticas que le dieron consistencia y cimientos.

La torre es la más hermosa de la arquitectura árabe. Su altura inicial fue de 82 metros. En 1198 se le colocó un revestimiento de azulejos al cupulino y, como remate, se le añadieron cuatro bolos de cobre dorado “que se veían desde una jornada de distancia y relucían como las estrella del Zodíaco”. Su terminación fue posible gracias al botín tomado a los cristianos en la batalla de Alarcos en 1195. Para que pudiera ascender a ella el muezín, y cantar la “azala” o plegaria, se sustituyó la escalera por una rampa por la que subiría una caballería. En 1393 un terremoto derribó las esferas doradas y se colocó entonces una espadaña con una sola campana.

Enriquecida Sevilla con el oro de América, el cabildo decidió en el siglo XVI rematar cristianamente la torre con el “Cuerpo de Campanas, Estrellas o Carambolas”, y un cupulín que soporta un globo sobre el que está de pie la estatua de bronce de 1288 kilos de peso y que representa la “Victoria de la Fe de Cristo”, en forma de mujer. La figura gira a impulsos del viento como gigantesca veleta, por lo que es llamada “El Giraldillo”, de donde deriva el nombre de Giralda.

En la actualidad, la primera piedra de la tercera iglesia -“Magna Hispalense”- de nuestros canónigos, fue colocada en 1403, sobre planos del maestro Alonso Martínez , modificados por sus sucesores Juan Normal, Simón de Colonia y Juan Gil de Hontañón. La catedral, con planta de salón, tiene siete naves, 116 metros de largo y 76 de ancho. El retablo de la Capilla Mayor no es superable por ningún otro de la Cristiandad, concluido en 1525. En 36 cuadros se representa la vida de Jesús, culminando obra tan colosal con las imágenes del Cristo del Millón y la de la Virgen con la advocación “de la Sede”.

Entrando en el templo catedralicio por la Puerta de los Palos, se halla la capilla de la Virgen del Pilar, en recuerdo de los aragoneses que ayudaron a la conquista de la ciudad. La capilla de san Pedro está adornada por una magnífica serie de cuadros de Zurbarán y de Valdés Leal.

En la Capilla Real se ubican los sepulcros de Alfonso X “El Sabio” y de su madre Beatriz de Suabia. El altar está dedicado a al Virgen de los Reyes, patrona de la ciudad. Una urna, delante del altar, contiene el cuerpo de Fernando III el Santo.

En la cripta, la Virgen de las Batallas, en marfil, del siglo XII y los sepulcros de Pedro I y otros miembros de la Familia Real. El retablo barroco de la capilla de la Concepción Grande, está coronado por un crucifijo de grandes proporciones, del siglo XV.

En la capilla de santa Bárbara hay un Cristo en la Cruz, de Zurbarán, con esculturas de las santas hermanas Justa y Rufina, de Pedro Duque De Pedro de Céspedes son los cuadros de la Sala Capitular, que en su bóveda luce la mejor Inmaculada de Murillo. Del mismo pintor son también ocho cuadros. Con toda clase de argumentos puede aseverarse que la Sala Capitular, pieza manierista acabada en 1591, “es uno de los espacios más sorprendentes de la arquitectura europea”. De Arnao de Flandes es la vidriera de la Sacristía Mayor, cuyo recinto presiden cuadros de Lucas Jordán, Zurbarán y Pedro de Campaña. A ambos lados están los de san Leandro y san Isidoro, de Murillo. Llaman poderosamente la atención el gigantesco tenebrario de bronce y la Custodia realizada en plata de Juan de Arfe en 1580, así como las Tablas Alfonsíes del siglo XIII, el relicario del “Lignum Crucis” y la Cruz del Cardenal Mendoza, muestras importantes de orfebrería en todo el mundo.

En la capilla de san Andrés destacan los sepulcros góticos de los Pérez de Guzmán y cuadros de Lucas Jordán. La Sacristía de los Cálices atesora, entre otras obras, el Cristo de la Clemencia de Juan Martínez Montañés, y cuadros de Zurbarán y Valdés Leal Las figuras del monumento funerario a Cristóbal Colón, realizado por Arturo Mélida en 1891 evocan los reinos de Castilla, León, Navarra y Aragón. En la imagen de la Virgen de la Antigua se vislumbran claras influencias bizantinas. El sepulcro del cardenal Hurtado de Mendoza, primicia del Renacimiento, fue labrado por Francelli, en 1508 La Virgen de la Cinta y de la Madroña son obras de Lorenzo Mercadante de Borgoña, del siglo VI. El Ángel de la Guarda es preciadísima obra de Murillo.

La puerta principal de la catedral solo se abre al paso del rey, del papa y del arzobispo al tomar posesión de la sede. Son notabilísimas las esculturas de las jambas, con figuras de santa Justa y Rufina, san Leandro, san Isidoro, san Fulgencio y santa Florentina, todos santos sevillanos. En la capilla de san Antonio resplandece el colosal cuadro de “La Visión de san Antonio”, que es el más grande y maravilloso de los firmados por Murillo. La capilla de las Escalas luce rejas, sepulcros y relieves renacentistas. En la de Santiago se encuentra un sepulcro gótico en alabastro, de Gonzalo de Mena y otro cuadro de Juan de Roelas.

Por la llamada Puerta del Lagarto se sale al Patio de los Naranjos, o patio de las abluciones, de la antigua mezquita. En el mismo se encuentra el púlpito más significativo e influyente de todos los erigidos en Sevilla. En él predicaron san Vicente Ferrer, san Francisco de Borja, san Juan de Ávila, el beato Fray Diego de Cádiz y en él se ensalzó la pureza virginal de María y la devoción al Rosario y a la Divina Pastora. Es de mármol, con planta ochavada.

Colgado del techo de la capilla de la Granada hay un gigantesco lagarto que, junto con un colmillo de elefante, un freno de caballo y una vara de justicia, simbolizan medievalmente las virtudes cardinales. En la misma nave está la Biblioteca Colombina, tesoro bibliográfico enriquecido por la donación que en su testamento hizo Fernando, hijo de Cristóbal Colón, de su extraordinaria biblioteca privada, en su tiempo una de las mejores del todo el mundo.

Y, antes de salir de la catedral – “magna hispalense”-, un recuerdo para los “seises” que, con sus bailes, trajes y canciones, constituyen uno de los más bellos espectáculos del mundo religioso. Datan al menos del año 1439 y, al principio, se les conocieron como “niños cantorcillos” o “niños de coro”, y bailan en los ocho días siguientes a la festividad del “Corpus” y en la semana de la octava de la Inmaculada. El reglamento por el que se rigen es del año 1508. En todos los actos en los que intervienen interpretan tres bailes: uno, en honor del Santísimo Sacramento; otro, en honor del arzobispo y el tercero, en honor de las autoridades. En torno a los “seises” se cuentan deliciosas y sevillanas anécdotas.

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