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La esperanza de Greta

Sus acciones son claras; su discurso, también. En una de sus últimas declaraciones ante la Conferencia del Cambio Climático de la ONU, aseguró que todavía queda eso que suelen decir que es lo último que se pierde: La esperanza.

“Bueno, les digo que hay esperanza. La he visto. Pero no viene de los gobiernos o las corporaciones. Viene de la gente”, dijo ante la mirada de todos.

Esa esperanza viene de la gente que prefiere salir a la calle a protestar sin importar que las fuerzas represivas les quiten los ojos como se dio en Chile.

Llega de esos jóvenes que prefieren alzar sus voces hasta en los últimos rincones del país como lo hicieron en Mayor Otaño. En la ciudad del Sur dejaron un rato las aulas para salir a reclamar mejores escuelas públicas. Continuaron con sus protestas incluso cuando sufrieron la brutal represión de la Policía Nacional y hasta después de ser querellados por las autoridades. Así es, esas autoridades que se suponen están para protegerlos y para garantizar precisamente que todos sus derechos se cumplan.

Es que a 30 años de la Convención de los Derechos del Niño, aprobada el 20 de noviembre de 1989, líderes y políticos mundiales siguen sin escuchar las voces de millones de niños y adolescentes en todo el mundo.

Cuando ellos solo exigen lo que les pertenece. Una vida plena y el cumplimiento de todos sus derechos.

En cambio, los líderes juveniles son los más cuestionados cuando deciden salirse del molde para protestar ante los adultos. Son casualmente actores políticos quienes tratan a chicas como Greta como si fuesen seres inferiores al resto.

Y la luz propia de la joven sueca encandila a muchos de estos personajes, que prefieren que ni se hable o que niegan factores como el cambio climático, que entre sus consecuencias genera olas de calor en todo el planeta.

Sus acciones molestan a figuras como el presidente del Brasil, Jair Bolsonaro, cuya gestión ante el incendio forestal que afectó a su país este año fue muy criticada.

El titular del Ejecutivo brasileño la trató de “pirralha”, algo así como “mocosa” en castellano, por denunciar el asesinato de líderes indígenas que protegen el Amazonas.

Este mismo presidente calificó de “energúmeno” a uno de los educadores más destacados de los últimos tiempos, Paulo Freire, el profesor de la pedagogía de la esperanza. ¿Coincidencia?

Quienes la cuestionan son esos que emprenden campañas de todo tipo y hacen lobby en contra de científicos locales en muchos países de América Latina y en todo el mundo.

Son esos que ubican a políticos o empresarios en los lugares que naturalmente corresponden a personas ilustradas que dedican sus vidas al conocimiento, a la investigación, como se da en el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt).

Los investigadores justamente son quienes más y mejor nos advierten sobre los peligros del cambio climático. Nos advierten con sus trabajos sobre los posibles dramas de la fumigación masiva y de manera descontrolada de los agrotóxicos.

Pero la historia, a lo largo del tiempo, nos dice que finalmente estos actores devenidos en gobernantes o ministros, que prometen acabar con todas las injusticias, pero terminan queriendo acabar con todo tipo de derechos de la gente.

Aquellos quienes menosprecian al que piensa distinto, que menoscaban a otros solo por su color de piel o por su condición sexual, se acaban.

Lo que nos queda es, como Greta, como Freire, aferrarnos y hacer todo lo que podemos para realizar acciones y cambiar la realidad que nos rodea. Y que esa esperanza nunca, pero nunca se agote.

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