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La escandalosa presencia

No me refiero a esa evasiva y hasta desnaturalizada Navidad de duendes y renos celestes empaquetada de colores y buenas intenciones, sino de aquella otra, tal vez la más escandalosa, porque constituye una forma de encarar la vida humana sin máscaras, con carita de niño, desprovista de las pompas del poder y despojada de seguridades discursivas y oropeles. Esa “carita divina” a la que “envidia tiene la fuente del color” y en quien, sin embargo, se puede vislumbrar también “una corona de espinas”. Así, la encarnación es para el pastorcillo y el juglar andariego motivo de alegría pero también de lágrimas conmovidas, porque refleja perfectamente esa condición de fragilidad en que se desarrolla la vida humana.

No es necesario ser creyentes para rescatar un significado especial en la conjunción resplandeciente de lo que podemos llamar esa estrella sobre el pesebre. Quien contemple cualquier acto humano nota perfectamente que en nuestra naturaleza comparten morada tanto el deseo de felicidad prolongada y verdadera como la ambición, la contradicción y el desencanto.

Es el nuestro un corazón quizás herido, contradictorio, del que no pocos quieren escapar con excesos y trasgresiones o, peor aún, con un cinismo descreído y despiadado que en su falsa moralidad convierte cualquier genuina pregunta sobre el sentido de la vida, bajo la noche estrellada, en cargosos y leguleyos discursos políticamente correctos materialistas y nihilistas.

No hay nada peor que la falsa moral del fariseo que nunca se conforma con vivir solo su propio delirio perfeccionista o su propia amargura, sino que siente una fascinación obsesiva por destacar su superioridad moral y cargar a todos el fardo de su voluntarismo soberbio con su idea de gobernanza y control universal. Para el fariseo perfecto del siglo XXI hay un manual de corrección política que le impide vivir la Navidad de los pobres, la Navidad escandalosa de los pobres, la Navidad de la cercanía del hombre pobre con su creador, en la que este se enternece y se humilla por amor y en la que el hombre común se engrandece haciéndose capaz de realizar gestos de verdadera nobleza, de verdadero heroísmo, de verdadera trascendencia en su cotidianeidad.

La Navidad es una fiesta de luz para toda la naturaleza que nos es dada, en especial para los pobres existenciales, para los que han experimentado una impotencia o un dolor, para los que la palabra esperanza no está ligada a un cumplimiento forzado de buenos deseos findeañeros.

La Navidad no es fiesta para los pobres porque una institución se lo imponga, no porque una civilización patriarcal se lo esquematice, no porque una oligarquía se lo cargue, sino porque en los sencillos del mundo la justicia y la paz se besan en esa pequeña esperanza que, como san José, pide posada en la mentalidad posmoderna y no se la quieren dar porque no les conviene y les aterroriza. Si este amor existe no está justificado el odio, ni el personal, ni el social.

Para la tradición cristiana en la Navidad resplandece un proyecto de amor y significado para cada ser y este amor es una provocación a nuestra libertad, una positividad inesperada y una llamadas universal a la fraternidad que no puede ser descartada aunque sea escandalosa. Más que nunca hoy, avanzada la noche espiritual de la violencia y la manipulación engañosa en el mundo, es bueno que se aproxime la luz de la Navidad.

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