Opinion

José Ignacio Calleja: «El pueblo quiere igualdad ante la ley y el dinero que fiscalmente le deben»

«Había un país donde la gente decía que ningún pueblo soportaría esta o aquella crisis, pero la vida seguía y seguía como si de un juego se tratara; había un país de países donde nadie creía ser del lugar donde vivía y, ahí estaban, intentando juntos dar con la salida; había un país enredado al despertar en si era nación, estado, comunidad de pueblos o soberanía en construcción»

«Bienaventurados aquellos a quienes corresponde el Ingreso Mínimo Vital»

«Sanidad, trabajo, educación y pensiones, eso es todo, pero no; sanidad y carreteras; que no, trabajo y capitalismo; que no, educación e identidades; que no, pensiones y república»

Había un país donde era común compararse con otros para decir ¡qué desastre de sociedad tenemos!; había un país donde la gente decía que ningún pueblo soportaría esta o aquella crisis, pero la vida seguía y seguía como si de un juego se tratara; había un país de países donde nadie creía ser del lugar donde vivía y, ahí estaban, intentando juntos dar con la salida; había un país enredado al despertar en si era nación, estado, comunidad de pueblos o soberanía en construcción; y había un país que ya solo tenía tiempo para elegir sobrevivir o arruinarse.

Sobrevivir o arruinarse, he ahí el dilema de cada día para la inmensa mayoría de la gente y que parecía fácil ordenar en momentos y preferencias; pero no, la vida no es tan sencilla como queremos y se complica en estrategias con objetivos añadidos. Sanidad, trabajo, educación y pensiones, eso es todo, pero no; sanidad y carreteras; que no, trabajo y capitalismo; que no, educación e identidades; que no, pensiones y república. En fin, la vida discurría complicada entre lo que parecía urgente y lo que parecía importante. Una distinción que no siempre es fácil de mantener en sociedades diversas y excesivas en el tener la razón. Con el artículo determinado de única.

Un día de marzo del 2020 la vida vino a complicarse más si cabe y juntos tuvieron que buscar una salida a una simple e inesperada pandemia. De simple, nada, desde luego; de inesperada, tampoco, pero de ignorada sí; una ignorancia supina hasta que impregnó la mesa y ya no era posible tocar los platos y cubiertos del menú. Pero está contando.

Los vulnerables de la pandemia


A regañadientes, improvisando más de la cuenta, con sudor y a tientas, juntos se pusieron a buscar una salida; una salida, al cabo, tan dolorosa en vidas y salud como incierta en su final. Y alrededor de ella quebraron haciendas, negocios, proyectos y sueños. Y así fueron juntos aplanando la curva y el ánimo, y el trabajo y la chequera, haciendo planes de cómo salir de semejante sima. Y Europa, esta vez sí, y con el paso de los días, ya no estuvo tan mal; y mil profesiones dieron lo mejor de sí, por su especialización unas y por su necesidad para vivir, otras. Todas traían vida. Y la vida se agradece siempre que cura, siempre que se abre al futuro, siempre que regala vida.

Y a su alrededor, la gente contuvo el aliento cuando en la UCI uno de los suyos no podía más; y contuvo el aliento de los que, confinados y mirando al futuro, no veían un buen final. Bienaventurados aquellos a quienes corresponde el Ingreso Mínimo Vital y tienen modo de lograrlo en la enrevesada avenida digital.

Y un día, por si faltaba zozobra, hubo de salir por pies un rey que ya no lo era pero que, sin serlo, hacía posible que lo fuera otro. Se iba por haberse enriquecido fraudulentamente en el ejercicio de su cargo, parece, y porque llevaba años sin guardar el mínimo decoro en su vivir. Como fuera que la sociedad estaba al límite de los nervios, y no pocos con el sueño de dar forma a otro proyecto, la “huida” estaba clara. Hacerlo era justo en lo inmediato y ajustado ante el futuro. Corrieron unos a defenderlo, porque los servicios prestados eran tantos, decían, que nada ni nadie debería cuestionarlos; corrieron otros a hostigarlo porque nunca tanta confianza ocultó tanto desmán.

«Y los empresarios del tren de alta velocidad o del petróleo o de las armas o de lo que sea callan, parece, porque solo pueden decir que el rey era unos de los suyos y más barato»

Felipe Rey

El pueblo, los pueblos del lugar, cansados de peligros, silencios y dobleces, acogieron bien este final, o quizá estación de paso, y esperaron descreídos que fuese en serio tanto envite. La salida del rey fue otra decepción. Si hubiera sido a Yuste como Carlos I de España, esperando humilde a la justicia, aún se habría entendido. Pero se fue lejos o cerca, se verá, con sus amigos ricos, buen clima y residencia de lujo. La prueba del algodón de que no tenía ninguna mala conciencia.

Salieron raudos los Obispos pidiendo oraciones por él y por todos, como reza una Epístola “paulina” a Timoteo. Ejercicio peligroso, porque en tamaña situación cubrirse con un pasaje neotestamentario de segunda categoría no es lo más adecuado. No fue el mejor día de nuestra Iglesia en salida misionera a las periferias.

Y el pueblo calló lo que es su clamor. El pueblo quiere igualdad ante la ley y el dinero que fiscalmente le deben. Más aún, el dinero de cualquier clase que se le deba. Y aquí viene cierta decepción. Porque el pueblo que somos se entera de que vender un proyecto económico, una inversión, un bien en el mercado internacional requiere mediadores y el rey alega que él mediaba para España a precios más baratos que cualquier otro profesional con peores mañas. Y los empresarios del tren de alta velocidad o del petróleo o de las armas o de lo que sea callan, parece, porque solo pueden decir que el rey era unos de los suyos y más barato. Y el pueblo traga saliva, porque no sabía que esto es así. O ¿sí sabía? Pero un rey no lo puede hacer. O eres rey o eres vampiro de los negocios internacionales, pero las dos cosas no. ¿O sí? No. A ver si es posible que no pueda ser en el futuro. Igualdad ante la ley y transparencia de todos, esa es la idea. No es una revolución, no es el cielo en la tierra. Es subir unos peldaños en cultura democrática y componer la vida social desde los más vulnerables.

Plaza de la Armería, Palacio Real. Madrid

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