Opinion

Johann Baptist Metz: la voz de las víctimas en la teología

«Ha sido uno de los teólogos que ha marcado mi itinerario teológico y que más ha influido en mi manera de vivir y de entender el cristianismo»

«La fe no es puramente contemplativa, sino operativa; no se orienta al pasado en actitud añorante, sino al futuro en busca de alternativas. La esperanza cristiana es creadora. La caridad se verifica en la acción transformadora tanto de las estructuras como de las conciencias»

«En su metodología incorpora el grito de los pobres, de los marginados, de los excluidos, de las mayorías populares que viven en situación de extrema pobreza»

La noticia de la muerte de Johann Baptist Metz, que me acaba de dar Jesús Bastante, me ha producido una profunda conmoción ya que ha sido uno de los teólogos que ha marcado mi itinerario teológico y que más ha influido en mi manera de vivir y de entender el cristianismo. Es, sin duda, uno de los grandes teólogos que ha marcado el nuevo rumbo de la teología cristiana y de la Iglesia católica del siglo XX con la creación de la Teología Política. Escribo este texto como homenaje a una de las figuras más relevantes de pensamiento cristiano liberador bajo el impacto de su fallecimiento.

Metz nació en 1928 en Welluck/Opf (Alemania). Vivió su infancia y juventud bajo el III Reich. Estudió en la escuela superior de Bamberg y en las Universidades de Bamberg, Innsbruck y Munich,  y obtuvo el doctorado en filosofía en 1952 y en teología en 1961. Fue uno de los discípulos más cercanos y colaboradores de Karl Rahner, quien en 1956 le encargó la reelaboración de su obra Espíritu en el mundo, cuya primera edición había aparecido en 1939. Fue cofundador y colaborador de la Revista Internacional de Teología Concilium, junto con Rahner, Congar, Küng, Duquoc, Schillebeekx, de Lubac, etc.

De 1963 a 1993 fue catedrático de Teología Fundamental de la Universidad de Münster y de 1993 a 1998 profesor invitado de Filosofía de la Religión en la Universidad de Viena, de la que fue nombrado doctor honoris causa en 1994. Después del Concilio Vaticano II fueasesor del Secretariado Pontificio para los No Creyentes. Mantuvo numerosos contactos y estrechas relaciones intelectuales con los filósofos alemanes, sobre todo con los miembros de la Escuela de Frankfurt y de la Teoría Crítica.

La TP: teología fundamental del sujeto con carácter crítico-público y práctico

El aspecto más importante a destacar de su actividad intelectual es la creación de la nueva Teología Política (en adelante, TP), en los años sesenta del siglo pasado, que fue desarrollando en las décadas posteriores con nuevas aportaciones a cuál más innovadoras. No se trata de una teología de genitivo que incorpore la política como un tema más de la reflexión teológica. Tampoco es una teología aplicada que intente traducir los principios abstractos de la fe a la realidad política concreta. No se identifica con la parte de la teología moral llamada «ética política», ni con la corriente de «teología social» que va tras el «evangelio social».

Metz, con Ratzinger

Es, más bien, en expresión del propio Metz, una teología fundamental del sujeto con carácter crítico-público y práctico, que pretende reconstruir la conciencia cristiana a partir de una nueva determinación de las relaciones entre teoría y práctica, razón y sociedad, religión y política, inteligencia de la fe y praxis histórica de emancipación, escatología y compromiso, utopías históricas y esperanza cristiana, reino de Dios e historia humana, futuro de Cristo y futuro humano.    

La nueva TP asume el giro antropológico de las teologías existencial y trascendental precedentes, pero llama la atención sobre el achicamiento de la dimensión histórica, el vaciamiento de la vertiente socio-política y la desmundanización de la fe que dichas teologías llevan a cabo. Su principal objetivo es dar razón práctica de la fe cristiana, pero no en abstracto, sino intentando responder a los desafíos de una sociedad secularizada que tiende a privatizar las creencias y a vivir el cristianismo como religión burguesa.

La TP asume positivamente el fenómeno de la secularización, a la que considera un elemento fundamental de la fe bíblica y un acontecimiento originariamente cristiano. No ve en ella un peligro para el cristianismo, sino su condición necesaria para una vivencia auténtica y emancipadora del mismo y para el seguimiento de Jesús.

Con todo reconoce que a la secularización se le ha ido la mano en su actitud hacia  la religión, a la que ha pretendido eliminar indiscriminadamente de las experiencias humanas de sentido. La secularización ha demostrado ser ciega o, al menos miope. No ha tenido el suficiente discernimiento para separar el núcleo de la cáscara, para distinguir la bisutería religiosa del potencial mesiánico y utópico ínsito en las religiones, en concreto en el cristianismo.

El teólogo Metz

Crítica de la reducción racionalizante y privatizante de la ilustración

Metz crítica con razón la reducción racionalizante de la Ilustración burguesa, que se caracteriza por una “sobrecarga cognoscitiva del abstracto mundo de las ciencias modernas” y muestra una insensibilidad hacia el mundo de los mitos y de los símbolos y a otros mundos no mediados por la racionalidad instrumental.

Critica también la reducción privatizante, a la que la Ilustración somete a la teología al dividir la realidad en dos esferas: la pública y la privada, la inmanente y la trascendente, la política y la religiosa, la terrena y la celeste, asignando a la religión la esfera de lo privado y lo trascendente.

En palabras de Metz, la TP «está guiada por la intención de quitar su carácter privado al mundo conceptual teológico, al lenguaje de la predicación y de la espiritualidad. Trata de superar aquel excesivo matiz privado en el hablar de Dios, la obstinada contraposición entre existencia espiritual y libertad de crítica social». Considera la vida pública y la acción política como mediaciones necesarias de la verdad teológica.

Concibe al ser humano en su vertiente socio-histórica, pública y política. La individualidad concreta del ser humano actual posee «una subestructura social y está condicionada y actualizada por ella». La existencia humana se experimenta en el contexto social. Incluso las decisiones más personales están condicionadas por dicho contexto.

Entiende al ser humano como ser histórico en constante devenir que construye el mundo bajo la primacía de la praxis. Se mueve en el horizonte de la razón práctica, del uso público de la razón, que ya anunciara Kant. A su vez, concibe la fe cristiana como realidad encarnada en la historia y abierta al mundo. La fe cristiana no es mitológica; tiene su fundamento en una persona histórica: Jesús de Nazaret.

La fe no es puramente contemplativa, sino operativa; no se orienta al pasado en actitud añorante, sino al futuro en busca de alternativas. La esperanza cristiana es creadora. La caridad se verifica en la acción transformadora tanto de las estructuras como de las conciencias. La fe no se da en el vacío ni en la abstracción; «es una praxis dentro de la historia y de la sociedad, que se concibe como esperanza solidaria en el Dios de Jesús en cuanto Dios de vivos y muertos que llama a ser sujeto en su presencia». Desde la perspectiva cristiana, el sujeto de la fe es el yo, pero no aislado, sino como hermano. En consecuencia, la dimensión pública es consustancial al ser humano y a la fe cristiana.     .

El campo de exterminio de Auschwitz

La TP se presenta como correctivo al aburguesamiento de la religión y de la propia teología, en otras palabras, opera como elemento crítico de la religión y de la teología burguesa.

La voz de las víctimas, en el «logos» de la teología

El punto de vista de la TP es el de los vencidos y de las víctimas, la pasión de Cristo y de los crucificados de la tierra; en una palabra, la anti-historia. El recuerdo de las víctimas no es una operación ociosa de aprendizaje memorístico, ni una forma de tranquilizar nuestra conciencia instalada en la amnesia colectiva de la cultura del bienestar. Es un acto de solidaridad «hacia adelante», «con la felicidad del nieto», como dijera Benjamin; pero también «hacia atrás», «con el sufrimiento de los padres», como igualmente apuntara con agudeza el mismo Benjamin. Es el reconocimiento de la injusticia cometida con las personas inocentes, y el acto de reparación y rehabilitación de su dignidad humana.

Pero las víctimas tienen nombres concretos en la TP de Metz.

En el centro de su pensamiento teológico se encuentra, como una foto fija y una pesadilla inesquivable, Auschwitz, una de las más abominables obras humanas, producto de nuestro «racionalismo», quizá el más irracional de todos los productos «racionales»; más aún, la revelación del mal absoluto.

Auschwitz constituye una interpelación a todo discurso filosófico o teológico que pretende exculpar a Dios de toda responsabilidad en la existencia de las víctimas inocentes.

El propio Metz cuenta cómo cayó en la cuenta de que no podía defender verdad alguna -ni filosófica ni teológica- de espaldas a Auschwitz y de que no había Dios alguno al que adorar y rezar al margen de Auschwitz. A partir de aquí, asevera, «intenté no seguir haciendo teología de espaldas a los sufrimientos imperceptibles -o encubiertos por la fuerza- del mundo: ni de espaldas al holocausto ni de espaldas al atónito sufrimiento de los pobres y oprimidos del mundo».

Metz

El estímulo personal que le impulsó a elaborar la TP fue precisamente la necesidad de introducir la voz de las víctimas en el logos de la teología. Y las víctimas inocentes  fueron llevadas al matadero, como el Siervo de Yahvé, sin proceso, sin juicio, sin compasión, «sin defensa, sin justicia», arrancadas «de la tierra de los vivos» (Is 53, 8). ¿Puede haber gente más pobre? Es a ellas a quienes la TP quiere dar voz y rehabilitar en su dignidad humana.

Pero la TP no se queda en las víctimas que sufrieron en Auschwitz. Mira también -y lo hace con pasión, compasión y solidaridad- a las víctimas de hoy causadas por el neoliberalismo a través del hambre, la miseria, los escuadrones de la muerte, el terrorismo, las guerras de religiones, la violencia del sistema, etc. En su metodología incorpora el grito de los pobres, de los marginados, de los excluidos, de las mayorías populares que viven en situación de extrema pobreza.

Reconoce que es precisamente ahí donde radican el ímpetu y la vitalidad de la teología de la liberación. Se fija en los rostros sufrientes de los pobres e, interpelado por ellos, se pregunta si los cristianos europeos pueden hacer frente a esos rostros tan cargados de dolor y contemplar el hoy desde la perspectiva de los vencidos. Es esta la mejor lección que el teólogo alemán Johann Baptist Metz nos deja, tras su muerte, como tarea a poner en práctica. 

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