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In Memoriam, Carlos María Vargas Gómez

“Non omnis moriar” escribe Horacio, el principal poeta latino – “de mí no morirá todo” – pero Unamuno en sus “Sonetos líricos”, refiriéndolo, corona el último terceto del poema que le dedica afirmando “que hasta los muertos morirán un día”.


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Para dar cima a lo que intento expresar, en “La Misión”, esa filmación impactante, imaginativa respecto de la verdad histórica, pero tan potente para las emociones, de algún modo se parafrasea al gran vascongado porque una voz en off, en tanto unos pocos indiecitos sobrevivientes comienzan a alejarse en una piragua, sostiene que, “como ocurre siempre, los espíritus de los muertos sobreviven en la memoria de los vivos”.
Ayer, 12 de marzo, se cumplieron dos años del fallecimiento del doctor Carlos María Vargas Gómez, con quien, por lo que afirmé otrora, me unieron y me siguen uniendo más allá de la mera existencia terrena, los lazos de una amistad que el paso del tiempo ha cristalizado en memoria, al punto que es raro el día en que, siquiera por un momento, no lo recuerde. En especial porque las amistades forjadas en el trabajo, nos siguen acompañando en espíritu, y más tratándose de la brega en pos de propagar la historia de Corrientes.
Dije hace un año, al conmemorar el primer aniversario de su deceso, que cuando comencé a colaborar con él, cada uno de nosotros puso algo de su parte. Él, su enorme prestigio, su extensa red de amistades, sus vastos conocimientos, su potente biblioteca. Incluso su siempre predispuesto bolsillo cuando fue menester porque, por cierto, fueron muchas las veces que cubrió de su peculio los gastos de oportunidad, en ocasiones por sumas no despreciables. Valoraba el dinero por el uso que cabía darle y en ello, el hedonismo ocupaba la última plaza.
Recordé también, que así conformamos una suerte de asociación de capital y trabajo, él con su intelecto y sus potencias, y yo con mi discreta capacidad para convertir en acciones lo que consensuábamos a través del ejercicio de una suerte de labor en equipo, en que el café, el whisky y el picado eran el combustible obligado de las jornadas.
Así pergeñamos los Congresos de Historia de la Junta entre los años 2005 y 2017, y escribimos también, tanto esta extensa serie de notas en época, que se iniciara en 2014 con la propuesta de nuestro común amigo Walter Tognola de publicar semanalmente, que se prolongara prácticamente hasta pocos días antes de su fallecimiento, como también una obra buscando sumar elementos de juicio para la Historia del Instituto Josefina Contte en su centenario, y otra de cuño sanmartiniano, intentando aportar lo que sentíamos que debieran ser las manifestaciones correntinas en pos de proclamar la verdad en torno al nacimiento, la vocación americana, el matrimonio y la relación con la masonería del Padre de la Patria.
Por cierto, resta mencionar sus trabajos personales, los que vieron la luz en la Revista de la Junta de Historia en tiempos de Federico Palma, sus publicaciones jurídicas, su exquisito prólogo a la densa biografía de Arturo Frondizi de su dilecto amigo Roberto Pisarello Virasoro; sobre todo, recuerdo la unción con la que reeditó un trabajo de su padre de cuño guaranítico, acerca del significado del vocablo “Pirayuí”. Sin embargo, dado lo que yo tacharía de pudor literario, quedó inédita una obra sobre su progenitor que durante casi una década sorteó mis insistentes insinuaciones para publicarla. Temía que se tomase como una falta de modestia.

LA AUTORIDAD DE CARLOS MARÍA ERA SOBRE TODO INTELECTUAL. LABRÓ UNA CARRERA NO EN BASE AL PODER O AL DINERO, SINO AL PRESTIGIO.

LA AUTORIDAD DE CARLOS MARÍA ERA SOBRE TODO INTELECTUAL. LABRÓ UNA CARRERA NO EN BASE AL PODER O AL DINERO, SINO AL PRESTIGIO.


Como recordé ya en 2019, para el trabajo nos “acovachábamos” en su estudio, rodeados de sus libros, y por lo común mientras tomábamos el primer café comentábamos las últimas obras que él había adquirido, porque como lector compulsivo todas las semanas recibía nuevas publicaciones a las que, leídas, buscaba extraerles la médula. El último de nuestros debates, prolongado a lo largo de diferentes jornadas durante un extenso período, giró sobre el concepto, las semejanzas y diferencias y las características, de la novela histórica contrapuesta a la historia novelada, y el análisis y la interpretación de diferentes ejemplos, en esencial vinculados a esos novelistas a la moda que hacen presa en las vidas de los grandes personajes del ayer. Un conjunto de reflexiones apuntadas a su deseo de elaborar una obra sobre el tema, que quedaron truncas a partir del momento en que su salud comenzó a decaer.
Como también dije, Carlos María era una suerte de Francisco de Vitoria, aquel al que sus discípulos hicieron inmortal a través de sus “relecciones sobre los indios y el derecho de guerra”, porque su herramienta intelectual favorita era la palabra, que empleaba con una maestría inolvidable para sus oyentes. Y hablaba no sólo con propiedad, sino con un gracejo que mantenía en vilo a sus interlocutores, expectantes a la espera de la próxima manifestación simpática, que no pocas veces era formulada en un “idioma” inexistente de su propia invención, porque salvo casos donde se imponía lo formal de modo obligado, su oratoria era llana, coloquial y de oportunidad, no necesitaba preparación previa ni papel alguno, la vastedad de sus conocimientos y su manejo del idioma eran armas más que suficientes en su arsenal.
La autoridad de Carlos María era sobre todo intelectual. Creo que al respecto, lo más acertado que se haya dicho lo expresó su hijo del mismo nombre, en una entrevista con Liliana Romero en Radio Sudamericana, afirmando que su padre se había labrado una carrera no en base al poder o al dinero, sino al prestigio. Y ese prestigio era tal que lo consultaban personajes de gran fuste, tanto para pedirle opinión como consejo jurídico. Más de una vez estando en su compañía, asistí de modo fortuito a un diálogo de esa índole. Abundando, el peso de esa opinión, cuando fue necesario, lo hizo sentir a través de los medios de comunicación social, tanto para apoyar lo que consideraba una causa justa, como para criticar con suma dureza la que en su sentir no lo era. Ni una sola vez vi que tomara en consideración las posibles consecuencias negativas que pudiera tener para él cargarle la romana al poder de turno.
Pienso que en ese sentido, su modelo de vida fue su padre, y que el retrato a pluma que siempre estuvo en su estudio era no sólo un recordatorio sino un estímulo, porque Eudoro Vargas Gómez también había sido uno de esos escasos personajes capaces de erigirse en hombres de consulta, en una sociedad tan difícil como la nuestra. Personalmente, he seguido, por ejemplo, a través de la prensa, las alternativas de un reto a duelo por una injuria a la esposa de uno de los involucrados, sujetándose ambos al dictamen de Eudoro como mediador a fin de determinar si cabía o no el enfrentamiento. Carlos María me narró que su padre trabajaba con la ventana abierta a la calle, y desde allí atendía informalmente a los que concurrían a solicitar su consejo.
Modélica también, y más considerando los tiempos que corren, la anécdota de su padre como interventor en una provincia, excusándose con un amigo por no poder llevarlo como colaborador, pese a lo necesario que le resultaba su concurso y más aún su compañía, porque no cabía justificarlo presupuestariamente. Me mostró la carta en la que Eudoro exaltaba el pundonor con que deben emplearse los caudales públicos. Algo digno también de un cuadro.
Como sea, quiero recordar igualmente su temperamento yo diría “meteorológico”, porque de un ánimo diáfano y transparente a través de su perenne sonrisa, su carácter explosivo podía aborrascarse intensamente cuando tomaba conocimiento de lo que consideraba un error o una injusticia. Paradójicamente, cuando se trataba de un perjuicio que lo afectaba personalmente, por lo común, con proferir alguna interjección de grueso calibre le bastaba.
Su proficua labor al frente de la Junta de Historia, le dio a ésta el envión fundamental que necesitaba para llegar a ocupar su lugar actual y, llegado aquí, quiero cerrar esta recordación aseverando que es el espíritu de sus grandes hombres el que cimienta el prestigio de las Instituciones. Un prestigio y un espíritu que, en la Junta de Historia de la Provincia de Corrientes, se sintetizan en la figura de Carlos María Vargas Gómez.

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