Opinion

El milagro ecuménico de la Comunidad Grandchamp

«Hoy son unas cincuenta hermanas de diferentes generaciones, tradiciones eclesiales, países y continentes. Una parábola viva de comunión»

«El Consejo Mundial de Iglesias cursó en 2018 una invitación a Grandchamp para que su Comunidad eligiera tema y redactara un texto borrador para la Semana de Oración del 2021»

«Desde 1968 hasta 2021, se ha recurrido a san Juan para componer el lema de la Semana de Oración por la Unidad nada menos que doce veces»

«En la capilla de madera oscura de la comunidad ecuménico-monástica de Grandchamp se percibe el grito del Cristo torturado en la cruz, tallado por el reconocido escultor brasileño Guido Rocha, encarcelado y torturado él también por las dictaduras militares en Brasil y luego en Chile»

Los medios van a subir esta palabra a sus titulares durante la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2021. Pertenece a la famosa lista /de comunidades ecuménico-monásticas surgidas durante el siglo XX, como Taizé, Chevetogne, Bose, Pomeyrol, Le Bec-Hellouin, Imshausen, Eygalières y Rostrevor.

La Comunidad de Grandchamp (Areuse, cantón de Neuchâtel, Suiza) nació por la década de 1930, cuando varias mujeres reformadas de la Suiza francófona pertenecientes al grupo de las llamadas «Damas de Morges», inspiradas en el ejemplo de Cristo que se retiró a un lugar solitario para orar, redescubrieron la importancia del silencio en la escucha de la Palabra de Dios y en la práctica de retiros espirituales como medio para alimentar su vida de fe.

Dos nombres a señalar con piedra blanca destacan en su historia: la madre Geneviève, desde los años 30 hasta 1970, y a partir de entonces sor Minke de Vries, primero maestra de novicias y asistente de la madre Geneviève hasta que en 1970 fue elegida priora, en cuyo cargo permaneció hasta 1999, año en que se jubiló, cuando ya Grandchamp surcaba con vuelo de crucero los cielos de la fama.

Pantocrátor de Grandchamp

Su extraordinaria valía (cf. mi libro Apóstoles de la unidad. Editorial San Pablo, Madrid 2015, pp.171-182) llegó a conocimiento de san Juan Pablo II, quien no dudó en invitarla a participar en el Sínodo de los Obispos de 1994, dedicado a la Vida Consagrada, y a encomendarle la redacción de las estaciones del Vía Crucis de 1995 en el Coliseo romano.   

Con sor Minke al frente, la Comunidad de Grandchamp escaló las cumbres del ecumenismo internacional. Hoy son unas cincuenta hermanas de diferentes generaciones, tradiciones eclesiales, países y continentes. Una parábola viva de comunión, en suma. Y un constante reclamo de fidelidad a la vida de oración, a la vida en comunidad y a la acogida de huéspedes. «Es amando -afirma Enzo Bianchi, el prior de Bose recientemente cuestionado-, como se experimenta el Espíritu Santo y se aprende, poco a poco,  a conocerlo y a llamarlo por su nombre más apropiado, que es comunión» (cf. Sor Minke de Vries, Hacia una gratuidad fecunda. La aventura ecuménica de Grandchamp, Paulinas, Madrid 2014, p. 6).

Sor Minke

Desde el principio, hicieron suyo el dolor de la divisiones eclesiales a través de estrechos vínculos tanto con la Comunidad de Taizé y su carismático prior Fr. Roger Schutz, como con el P. Paul Couturier, pionero de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. De ahí que la oración por la unidad haya centrado desde entonces su vida comunitaria.

Este compromiso, junto a los pilares de Grandchamp -oración, vida comunitaria y hospitalidad-, constituyen la base de los materiales de trabajo en temas ecuménicos del año 2021, particularmente de su Octavario.

Del 15 al 18 de septiembre de 2019 un grupo internacional designado por el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y la Comisión «Fe y Constitución» del Consejo Mundial de Iglesias se concitó en Grandchamp para poner a punto los materiales de la Semana de Oración por la Unidad del 2021.

Resulta que el Consejo Mundial de Iglesias había invitado a Grandchamp en el 2018 a elegir tema y redactar texto para la Semana de Oración del 2021. La Comunidad entera trabajó durante meses sobre un borrador, base luego para la redacción con el antedicho grupo internacional. Cuatro de las hermanas se unieron de igual modo al grupo durante la reunión de septiembre: Sr. Anne-Emmanuelle Guy, Hna. Gesine Rohrbach,  Sr. Embla Vegerfors, y  Hna. Svenja Wichmann.

El tema elegido, Permaneced en mi amor y daréis fruto en abundancia, se basa en Juan 15, 1-17. Refleja la vocación a la oración, a la reconciliación y a la unidad de la Iglesia y de la familia humana toda. Esto permitió a las hermanas compartir experiencia y sabiduría de la vida contemplativa, o sea de cuanto significa permanecer en el amor de Dios y en los frutos de la oración: comunión más cercana con los hermanos y hermanas en Cristo y mayor solidaridad con la entera creación.

La Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos se celebró por primera vez en 1968 sobre la base de unos textos elaborados entre «Fe y Constitución» y el Secretariado para la Unidad de los Cristianos (actualmente Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos). Y desde 1975, a partir de textos preparados sobre la base de un proyecto propuesto por un grupo ecuménico local. Este año, por ejemplo, la Comunidad Grandchamp.

Comunidad Grandchamp

No sobrará, por otra parte, puntualizar que desde 1968 hasta 2021, se ha recurrido a san Juan para componer el lema de la Semana nada menos que doce veces: 1972.1976.1983.1988.1990. 1995.1996. 1999.2001. 2004. 2015 y 2021. Se da la circunstancia de que, en estos doce años, dos ha sido mediante el mismo capítulo y los mismos versículos: Juan 15,1-17. Los años coincidentes son 1995 y 2021.

En 1995 con su lema Koinonía:comunión en Dios y entre nosotros (Jn 15,1-17): el texto base entonces fue elaborado por la Comisión «Fe y Constitución», y la reunión de la Comisión mixta internacional tuvo lugar en Bristol, Inglaterra. Este de 2021, en cambio, lo ha sido con el tema que arriba se cita; y el  texto base, insisto, fue elaborado por la Comunidad de Grandchamp, donde se reunió la Comisión mixta internacional, a la que se unieron las cuatro hermanas dichas.

El capítulo 15 de san Juan trata de la vid verdadera, imagen de la viña cantada por los profetas Jeremías e Isaías. Jesús la emplea en los Sinópticos como parábola del Reino de los Cielos, y hace del fruto de la vid la Eucaristía de la nueva Alianza. Se proclama Él mismo, además, vid verdadera. El fruto aquí es la santidad de una vida fiel a los mandamientos, especialmente el del amor, base de todo el mensaje ecuménico de la oración sacerdotal elevada al Padre en la Cena del Ut unum sint (Jn 17,21).

El Octavario 2021, en fin, nos irá desvelando cada día las diversas facetas de tan gran misterio. Cierto es que la enojosa pandemia que padecemos nos lo va a poner difícil este año para asistir a los actos interconfesionales, pero ya se encargarán los medios de hacer frente a tan amargo revés a base de suplir deficiencias y meter el hermoso mensaje de la Semana en los hogares.

El Cristo de Grandchamp

Quiero también recordar que el Vademécum ecuménico publicado el 4 de diciembre de 2020 (cf. mi artículo El “Vademécum ecuménico” que se necesitaba, en: Religión Digital, 8/12/2020) dice sobre la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos:

«Se celebra cada año del 18 al 25 de enero o, en algunas partes del mundo, alrededor de la fiesta de Pentecostés. Cada año, un grupo ecuménico de cristianos de distintas tradiciones, de una región particular, prepara los materiales. Centrándose en un texto bíblico, proponen un tema, una celebración ecuménica y ofrecen breves reflexiones bíblicas para cada día de la semana.

El obispo puede impulsar eficazmente la causa de la unidad de los cristianos durante esa semana, sea participando personalmente con otros líderes cristianos en una celebración ecuménica, sea animando a las parroquias y los grupos a trabajar con otras comunidades cristianas presentes en la zona, para organizar de manera conjunta momentos de oración a lo largo de la semana» (II, A-18). O sea, los pasos que arriba expongo.

No quisiera omitir que en la capilla de madera oscura de la comunidad ecuménico-monástica de Grandchamp se percibe el grito del Cristo torturado en la cruz, tallado por el reconocido escultor brasileño Guido Rocha, encarcelado y torturado él también por las dictaduras militares en Brasil y luego en Chile.

Mientras padecía su dura prueba, cayó en la cuenta de que el grito de Jesús en la cruz se había convertido para él en «una gran promesa: ahí estaba un hombre que había pasado por el más profundo sufrimiento y, a pesar de ello, seguía siendo plenamente humano, cumplía su misión de amor, entregándose a los demás, hasta la hora suprema de la verdad».

Por supuesto que ese grito desgarrador del Cristo torturado de Grandchamp no resuena de modo casual en la capilla de la Comunidad. En una época en que las denominaciones evangélicas brasileñas optaron por permanecer en silencio frente a las violaciones de derechos humanos en el país, Guido Rocha, entonces exiliado en Ginebra, encontró apoyo en Grandchamp. Así que luego, los días rodando y en testimonio de gratitud, regaló a la Comunidad una versión de la crucifixión de su «grito».

No fue Rocha ciertamente el único en encontrar refugio. Grandchamp acogió también a la fallecida poetisa y teóloga guatemalteca Julia Esquivel (1930-2019), asimismo perseguida en su país, a quien se debe la expresión «amenazados de resurrección».

Cuando el grupo Roma-Ginebra se unió en 2019 a las hermanas de Grandchamp para la liturgia de las horas, durante los preparativos del Octavario, advirtió que su libro de oración común bebe en las fuentes de la renovación espiritual, bíblica y ecuménica que marcó el cristianismo europeo entre las dos guerras mundiales, y más tarde incluso. También, desde luego, en la Regla de Taizé. Al que sepa leer entre líneas se le hará fácil adivinarlo en los materiales de la Semana.

El grupo internacional con miembros de la Comunidad de Grandchamp

Desdichadamente puede que tampoco falten lectores y oradores y profesores y fieles y eclesiásticos, incluso alguna mitra, a quienes estos temas de la unidad de la Iglesia les resbalan.

Cuestión de gustos, sin duda, donde los colores del arco iris hacen siempre de las suyas. Después de todo, ya nuestra conocida paremia española sentencia que no se hizo la miel para la boca del asno, y que Dios da pan a quien no tiene hambre.

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