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El Inccógnito

En febrero de 1927, de una sola plumada, el presidente mexi­cano general Plutarco Elías Calles convirtió a todos los sacerdotes de su país en bandidos. Les ordenó abandonar sus puestos de trabajo, donde fuera que estuvieran, y se presentaran inme­diatamente en Ciudad de México. Cuando los sacerdotes se rehusaron a obedecer, los arrestaban, los metían en la cárcel e incluso los mata­ban, por lo que la mayoría de ellos pasó a la clandestinidad.

Un joven sacerdote jesuita, el padre Miguel Agustín Pro, ya estaba acostumbrado a mante­nerse de incógnito. Ya hacía dos años que el Presidente Calles venía dictando medidas drás­ticas contra la Iglesia Católica y hacía más de diez años que los revolu­cionarios que asumieron el poder habían derro­cado a un gobierno que era opresivo y rechazado un injusto sistema económico. Consideraban que la Iglesia era una ins­titución corrupta, que históricamente se había puesto del lado de los acaudalados, no de los pobres y ahora querían tener una iglesia nacional controlada por el Estado.

Las nuevas leyes obligaron a los sacerdotes a hacer lo posible para no ser arrestados y celebraban Misas y escuchaban confesiones en hogares privados. Igualmente, los laicos católicos corrían el riesgo de ser llevados a la cárcel si se descubría que estaban amparando a un sacerdote.

Así fue que, con espíritu de entusiasmo, el padre Miguel aceptó el desafío de atender al pueblo católico en secreto, y como tenía el don de imitar a las personas, llegó a ser maestro del disfraz. Un día podía ser un estudiante que recorría alegremente las calles en la vieja bicicleta de su hermano con un cigarrillo en los labios y un gorro en la cabeza; otro día podía ser un mecánico de autos vestido con un sucio overol, o bien un caballero muy distinguido. Pero, finalmente, Miguel Agustín Pro fue ejecutado por lo que realmente era: un servidor de Cristo y un ministro para su pueblo.

Los comienzos de una vocación. Miguel nació el 13 enero 1891 en Zacatecas, ciudad minera de la zona central de México, donde su padre era ingeniero. Las condiciones que desata­ron la revolución mexicana se podían ver con claridad en las minas de plata y oro de su ciudad natal, donde los trabajadores recibían una paga mísera y un tratamiento inhumano. Cuando era muchacho, Miguel solía acompa­ñar a su madre que, por compasión y solidaridad, solía llevarles comida, ropa y medicinas a los mineros.

A Miguel le encantaba diver­tirse y hacía bromas prácticas a sus familiares; incluso escribía poe­mas ingeniosos para burlarse de sus amigos. Cuando sus dos herma­nas anunciaron que habían decidido hacerse religiosas e irse a un con­vento, se sintió destrozado, pero no pasó mucho tiempo antes de que él también percibiera su vocación para la vida religiosa. Siempre le pareció que su vocación era un gran don del Señor, algo de lo que nunca podría ser digno por sus propios méritos.

En 1911, cuando tenía 20 años, Miguel entró a la Compañía de Jesús, la orden jesuita. Ese mismo año, el general Porfirio Díaz, dictador mexi­cano por largo tiempo, fue derrocado por un nuevo gobierno revoluciona­rio encabezado por Francisco Madero. Desde ese punto, los planes del joven religioso quedaron radicalmente alte­rados para el futuro.

La rapidez con que avanzaron las reformas agrarias y sociales implan­tadas por Madero no consiguió satisfacer a los demás revoluciona­rios, que volvieron a encender el descontento social en el país. No pasó mucho tiempo antes de que los violentistas revolucionarios gol­pearan a las puertas de la hacienda donde vivían Miguel y sus compañe­ros seminaristas. El 15 de agosto de 1914, los sacerdotes tuvieron que dejar la casulla y usar ropa de paisano que les donaron los campesinos; los seminaristas pasaron a vivir ocultos en la clandestinidad. Miguel partió de viaje rumbo a España donde con­tinuó sus estudios en una casa jesuita en Granada.

Debido a los disturbios civiles de su país, mantener la corresponden­cia era sumamente difícil y Miguel se preocupaba mucho por su fami­lia, aunque disimulaba sus pesares haciendo bromas y procurando dis­traerse. Una forma de hacerlo fue perfeccionar su habilidad de imi­tación remedando los curiosos y remilgados gestos de uno de sus maestros, lo que le valió tres días sin recreación. A veces se ofrecía para empujar un gran carro de comida hacia el comedor, pretendiendo que iba manejando un automóvil. Los demás seminaristas observaban atentamente las pantomimas que hacía y tenían que reprimirse para no estallar en carcajadas y llamar la atención del rector.

Trabajo por la justicia. En 1920, Miguel fue enviado a Nicaragua a trabajar en un internado para niños. Dos años más tarde viajó a Bélgica a continuar sus estudios. La capacidad que tenía de congraciarse con hombres y mujeres trabajadores le merecieron una gran popularidad y así fue como se interesó en el Movimiento Cristiano francés de Acción Social. En 1925 fue ordenado sacerdote, lo que le llenó de un enorme júbilo, aunque nadie de su familia pudo asistir a la ceremonia. “Por lo menos ya somos sacerdotes—comentaba a sus amigos—y eso me basta.”

Un tiempo más tarde, Miguel tuvo que dejar de realizar sus actividades normales por los intensos dolores que le causaban unas úlceras estomacales que se le habían desarrollado. Después del fracaso de tres cirugías, le ordenaron regresar a México, con poca esperanza de recuperación. A principios de julio de 1926 arribó a la Ciudad de México con su pasaporte en el que claramente estaba identificado como “religioso”. Por milagro nadie en la oficina de inmigración reparó en ello y fue autorizado a entrar al país.

La época en que llegó a México no pudo haber sido mejor. El 31 de julio de 1926, los obispos mexicanos protestaron contra la opresión que el gobierno le imponía a la Iglesia porque se habían suspendido todos los actos religiosos públicos en los que se requería la participación de los sacerdotes. La gente se agolpaba en las iglesias temiendo que tal vez esa sería su última posibilidad de recibir los sacramentos, de modo que el padre Miguel Pro se pasó los primeros días de regreso en su patria escuchando confesiones, celebrando Misas y administrando sacramen­tos, especialmente el Bautismo y el Matrimonio.

“Mi pobre cuerpo acaba de dejar las mullidas almohadas del hospi­tal y no se ha acostumbrado aún al duro asiento del confesionario” decía en broma. Con todo, pese al enorme trabajo que tenía, sus dolencias estomacales empezaron a mermar. Un tiempo después le escribía a un amigo diciéndole: “Tengo una salud de hierro.”

Sacramentos en secreto. Provisto de sus diversos disfraces, el padre Miguel empezó a visitar las casas de los fieles usando contraseñas secre­tas y distribuyendo la comunión a cientos de personas, que la recibían con gran sigilo y tratando de no lla­mar la atención de la policía. Muchos se agrupaban para escuchar sus ense­ñanzas y homilías, pero a menudo Miguel se encontraba en situacio­nes de peligro. Al salir de una casa, solía mirar atentamente a su alre­dedor para ver si alguien lo estaba esperando.

Una vez, cuando pensaba que dos hombres lo seguían, llamó un taxi y durante el recorrido le pidió al cho­fer que redujera la velocidad para bajarse con el auto en marcha. Así lo hizo y luego, apoyándose en un poste de luz, vio que los hombres pasa­ban en otro taxi sin haberlo visto. En otra ocasión, cuando iba cami­nando por la calle se dio cuenta de que sus perseguidores se iban acer­cando, tomó del brazo a una mujer que pasaba y le dijo en voz baja “Por favor, ayúdeme. Soy sacerdote.” Ella lo tomó también del brazo y pasaron de largo. A veces decía que su arma era su crucifijo y sosteniéndolo con ambas manos decía “No le tengo miedo a nadie.”

Con frecuencia su superior le ordenaba que se ocultara para evi­tar ser arrestado. Si bien utilizaba esos momentos para leer libros de teología, le costaba quedarse atra­pado en un solo lugar, especialmente sabiendo lo mucho que lo necesitaba la gente. “Los que me tienen aquí retenido no se dan cuenta del fuego que arde en interior” decía.

Deseo del martirio. Los dos her­manos menores de Miguel, Humberto y Roberto, apoyaban a los cristeros, un grupo que se oponía activamente a la política del gobierno de perseguir a la Iglesia. En diciembre de 1926, poco después de que los cristeros echaron a volar cientos de globos llenos de pan­fletos religiosos por toda la ciudad, la policía llegó al lugar donde estaba el padre. Miguel, el único que había allí en ese momento, fue arrestado y enviado a la cárcel, pero fue liberado al día siguiente.

Pero este incidente no logró hacerlo cambiar de idea. Si bien trataba de no exponerse innecesaria­mente, Miguel anhelaba ser mártir. “El número de mártires crece cada día. “¡Oh, si tan solo me sacara el número premiado!” escribió una vez. Si lo hacía, añadió luego, “tengan lis­tas sus oraciones y peticiones para el cielo.”

El 13 noviembre 1927, alguien utilizó un automóvil que antes había pertenecido a los hermanos de Miguel para un atentado contra el nuevo presidente electo, gene­ral Álvaro Obregón. Cinco días más tarde, Miguel y sus dos hermanos — que no habían tenido participación alguna en el incidente— fueron arres­tados y echados al calabozo. No hubo ningún juicio.

En la mañana del 23 noviembre, lo sacaron de la prisión. Queriendo mostrar al mundo la “cobardía” de un sacerdote frente a la muerte, el gobierno invitó a fotógrafos y reporte­ros a observar el evento. Pero su plan fue un fracaso espectacular, porque el padre Miguel, que llevaba un raído traje de color marrón y un suéter, se aproximó al paredón y enfrentó al pelotón de fusilamiento. Por un momento se arrodilló, rezó y besó su crucifijo. Luego, negándose a que le vendaran los ojos, se puso de pie teniendo el crucifijo en una mano y el rosario en la otra y abrió los brazos en cruz. Allí perdonó en voz alta a sus enemigos y exclamó: “¡Viva Cristo Rey!” Cinco balas le hirieron mortal­mente en el pecho y una bala final se le alojó en la cabeza.

Tras el trágico acontecimiento, unas 10.000 personas desafiaron al gobierno y flanquearon las calles al cántico de “¡Viva Cristo Rey!” en la procesión fúnebre del padre Miguel Pro. Incluso antes de ser sepultado, empezaron a circular informes de sucesos milagrosos.

La historia de la vida de este valeroso sacerdote echa por tierra cualquier noción típica de lo que es la santidad: Miguel fue un joven muy activo, atrevido y amante de la alegría. Al entregar su vida por su pueblo, vino a ser fuente de valentía y forta­leza para miles de mexicanos durante aquella nefasta época de violenta per­secución religiosa. Como testimonio del amor sacrificial de Jesús, el padre Miguel Agustín Pro fue beatificado el 25 septiembre 1988.

Fuente: La Palabra entre Nosotros

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