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Coquitos

La imagen era patética por la forma, el modo, pero especialmente por sus consecuencias. El secretario de Acción Social desparramaba sobre la alfombra del Palacio de Gobierno los elementos que componían el kit alimenticio a repartirse entre los afectados más pobres del coronavirus. Ahí estaban la botella de aceite, el kilo de arroz y… los coquitos. No había terminado aún su conferencia de prensa y ya el ex jefe de gabinete de Abdo y el diputado “musculín” estaban sentados en el salón contiguo de su despacho preparando la “merienda de negros” que se venía. El nisei que funge de su ayudante tuvo que reconocer que fue un acto imprudente haberlo recibido luego de que todos vieran la alta politización que se venía con la distribución alimentaria. Después ya conocen la historia. Se cambió el mecanismo de repartir víveres por la comilona que la rodeaba y la dificultad de la logística transparente que se anunciaba. Se decidió darle 230.000 guaraníes mensuales a una familia (casi siempre numerosa) para que sobreviviera por un mes. Los brillantes diseñadores del Ejecutivo más los 125 legisladores bien comidos no atinaron a cuestionar cómo creen que puede sobrevivir “una familia” con esa obscena cantidad que querían repartir. El presidente Abdo tuvo que salir a arreglar el desaguisado prometiendo darles G. 500.000 la próxima semana sin saber cuándo ni de qué manera. Mientras tanto Camilo Soares en tribunales presentaba un nuevo recurso para evitar su condena en el negociado de los coquitos ¡de hace más de 10 años! Diganme si esto no devela cómo está diseñado el Estado paraguayo.

Lleno de incompetentes, vulgares ladrones, que además son absolutamente incapaces de ningún sacrificio. Este mes trabajaron menos de una semana, pero cobrarán como si lo hubieran hecho. Los pillos de la ANDE, viendo que se les venía el recorte de las bonificaciones familiares de más de 12 millones de dólares, forzaron una reunión de un consejo económico que, por presión popular, tuvo que echarse para atrás en este pago. Los sindicalistas dicen que colapsarán. No fueron claros si nosotros, ellos o el servicio. La Ocholaski en tribunales presiona, aunque no hace la huelga de hambre por temor al coronavirus y los sindicatos del sector público –los de los “derechos adquiridos”– no abrieron la boca para pedir algún gesto de solidaridad hacia sus desahuciados y quebrados mandantes en cuarentena sin producir ni recibir nada desde hace más de dos semanas. Los que mandan son 6.700.000 y los que obedecen 320.000. En varios países se recortaron sus ingresos en proporción directa al menor ingreso del IVA, que es el impuesto sobre el que se sostiene gran parte de sus salarios. Dos semanas más y esto colapsa. No habrá más plata ni para eso porque el consumo caerá más y la bronca hacia ellos generará la anhelada reforma del Estado. Los que no cobran nada se rebelarán contra quienes ni por oportunismo tienen capacidad para renunciar a una parte de sus haberes.

Los legisladores presentan tímidas propuestas solo para justificarse. Cuando tuvieron la ocasión de hacer la revolución con la ley que aprobaron todos se callaron codiciosamente. Ni hablemos los de las binacionales. Ahí, entre el salario mensual de sus presidentes y consejeros, se pagan fácilmente los costos de un pueblo de 15.000 habitantes y se les hace a todos la prueba del Covid-19 de gentileza.

Este es el Estado paraguayo al descubierto. El que su Ministerio de Salud gastó el año pasado solo el 46% de su presupuesto y en donde Camilo Soares puede aún interponer un recurso judicial por el coronavirus para evitar ir preso por la compra de unos coquitos sobrefacturados hace una década. Los mismos que se querían morfar algunos, y que este Estado que tenemos es incapaz de repartirlos honestamente tan siquiera. Si ahora después de esta obscena exhibición de impudicia no cambiamos es porque somos masoquistas o inútiles.

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