Opinion

Castillo, sobre Nicolás: «Hoy he perdido, para siempre, un amigo que nunca podré olvidar»

«Mantuvimos aquella conversación pocos días antes de saberse la renuncia al papado de Benedicto XVI. La claridad y el cariño con que Adolfo me habló de la fidelidad a la Iglesia no la he palpado en nadie más en este mundo»

«Cuando nos estábamos despidiendo, Adolfo Nicolás me dijo algo que me ha marcado con fuerza: ‘Reza, reza mucho por la Iglesia. Que peor de lo que está, ahora mismo, no creo que pueda caer’. En entrevistas posteriores le vi más animado.»

Hoy he perdido, para siempre, un amigo que nunca podré olvidar. Me refiero al Padre Adolfo Nicolás, que ha fallecido en Tokio esta mañana del 20 de Mayo de 2020. Mi amistad con A. Nicolás se inició en los ya lejanos años 50 del siglo pasado, en el noviciado que los jesuitas tenían entonces en Aranjuez. Él ingresó en los jesuitas bastante antes que yo. Por eso nuestra convivencia fue breve. Pero no sé por qué pronto nos unió una sintonía que no sé explicar. Y lo curioso es que Adolfo fue destinado pronto a Japón y yo regresé a Andalucía. Durante más de treinta años, no se cruzó entre nosotros ni una carta. Pero curiosamente, también entre ambos, se mantuvo firme una mutua y creciente admiración. 

En los primeros días de 2013, tuve que ir a Roma. Tres días antes de mi viaje, pregunté al Secretario General de los jesuitas si sería posible saludar (solamente eso) al P. Adolfo Nicolás, que en aquellos días se encontraba en Australia. Mi sorpresa fue recibir enseguida un mail en el que se me fijaba día y hora para una entrevista.

Y así fue. Con una enorme sorpresa para mí. Yo esperaba un saludo cordial y me encontré una larga y pausada conversación, en la que Adolfo me habló con una claridad y una hondura, que yo no podía imaginar. Los dos grandes temas, de los que pudimos hablar sin prisa y con una transparencia que nunca había imaginado, fueron Dios y la Iglesia. La humanidad y la espiritualidad de Adolfo Nicolás me abrieron horizontes que nunca había imaginado.

Adolfo Nicolás, sj.

Eran días difíciles. Yo había salido ya de la Compañía de Jesús. Y mantuvimos aquella conversación pocos días antes de saberse la renuncia al papado de Benedicto XVI. La claridad y el cariño con que Adolfo me habló de la fidelidad a la Iglesia no la he palpado en nadie más en este mundo. Y dejo constancia de que la mayor preocupación del que entonces era el Prepósito General de la Compañía de Jesús se centraba en el “gobierno ejemplar” de la Iglesia.

Pero, sobre todo, el tema central de nuestra conversación fue el problema de Dios. Un problema que el cristianismo ha resuelto centrando su interés en la “humanización de Dios” en Jesús de Nazaret. Lo que lleva consigo que nuestra relación con Dios, más que una cuestión de razones y argumentos, es sobre todo el enorme y concreto asunto de nuestra conducta. La conducta que quedó fijada en el “proyecto de vida” que nos marca el Evangelio.

El Papa, con Adolfo Nicolás

Cuando nos estábamos despidiendo, Adolfo Nicolás me dijo algo que me ha marcado con fuerza: “Reza, reza mucho por la Iglesia. Que peor de lo que está, ahora mismo, no creo que pueda caer”. En entrevistas posteriores le vi más animado.

Sin duda alguna, el papa Francisco le ha dado un giro nuevo a la Iglesia y su futuro. El problema está en la resistencia al cambio que el papado está encontrando en la resistencia que hombres lúcidos, como fue Adolfo Nicolás, vieron claramente en décadas anteriores. Esto es lo que más me impresiona y me admira en el gran amigo que ya está con el Dios que tanto y con tanto acierto buscó.    

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