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Brasil, Marquitos y los odios

El presidente Jair Bolsonaro no vendrá a la jura de Alberto Fernández. Es un gesto. Pero ¿cuál? Lo que los medios no recuerdan es que Mauricio Macri, Presidente de Argentina, no asistió a la jura de Bolsonaro como Presidente de Brasil.


Leyba CarlosLa razón por la que no fue, dicen los que saben, fue que Bolsonaro asumió el 1 de enero y, en esa fecha, nuestro Presidente tendría la resaca de fin de año y le dio “fiaquita” viajar a Brasil; calor, humedad y “Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese que se yo ¿viste?”, como cantó Horacio Ferrer en la “Balada para un loco”, aunque el “Presi” estaba en La Angostura.
Lo grave no es eso. Lo grave es que, en el marco del MERCOSUR, el Brasil de Bolsonaro procura obligar a Argentina a acelerar la rebaja de la protección arancelaria camino a una mayor apertura, sin una previa gestión del desarrollo, lo que es imprescindible para que la invasión de la eficiencia o del dumping, de las potencias económicas (UE, China, USA) no termine de anular la capacidad de generar trabajo productivo vía el desarrollo industrial en nuestro país. Las oportunidades de lograrlo, son cada vez más escasas, en relación a la creciente distancia tecnológica y a la pérdida de presencia en los mercados.
El 5 de diciembre, se realizará la cumbre MERCOSUR. Se afirma que ambos presidentes, Macri y Bolsonaro, habían acordado una rebaja del arancel externo común a ser materializada durante esa reunión. Tema acordado en tiempos en los que Macri suponía su continuidad en el gobierno.
De tratarse esa agenda, y de resolverse favorablemente a la posición aperturista de Bolsonaro y Macri, el daño estructural, agravado por las actuales condiciones atormentadas de nuestra economía, sería irreparable. Esto significa que una vez que se ponga en marcha esa política arancelaria, en el marco de nuestras condiciones estructurales y coyunturales, no habrá manera de lograr edificar compensaciones que eviten los daños que, por eso, son irreparables.
La lógica elemental indica que, o bien el presidente Macri propone una suspensión de esa Cumbre -para no tener que incurrir en una contradicción ideológica votando en contra-, o bien vota de acuerdo a sus convicciones y en contra de la postura del gobierno que se inicia cinco días después.

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No puede Mauricio involucrar al país en una estrategia aperturista que la mayoría de los argentinos, si creemos en lo que implicó la última elección, ha rechazado.
El problema de Bolsonaro para Argentina, no es la antipatía que perfuma sus palabras dirigidas a Alberto Fernández, o su venganza por la ausencia de Macri en su juramento, el problema Bolsonaro es el emplazamiento de “apertura o preparen las valijas para salir del MERCOSUR”.
La contribución, por cierto no deseada, de Bolsonaro, encapsulada en sus broncas, es obligar a Argentina, después de tantas bravatas, a repensar cómo hacer del MERCOSUR la plataforma del desarrollo compartido.
Muchos en Argentina creyeron que Brasil –en el MERCOSUR– sería el “motor” del desarrollo. El motor. El remolque desde fuera del pantano. No lo fue. Y no lo podrá ser. Brasil no tiene como estrategia, desde siempre, la diversificación productiva compartida. Brasil, de hecho, contribuye programadamente a nuestra especialización como productor primario.
La prueba más contundente de esta vocación de Bolsonaro, es el mensaje de comprar trigo a Estados Unidos y abrirse a todos los productores del mundo para abastecerse de dicho cereal. Y la prueba de cómo estamos en esa relación es que la decisión pro Estados Unidos nos ha afectado y nos amenaza con mayores daños.
La integración, en el MERCOSUR y cualquier otra, no puede tener otro objetivo que la diversificación productiva, que es la base del desarrollo. Los años compartidos nos han ido llevando a una especialización primaria; y la propuesta Bolsonaro va en camino a su profundización.
El problema no son los desplantes de Bolsonaro. El problema son sus planteos y los de la tradición argentina, desde hace muchos años, de no resistir a las presiones primarizadoras que surgen de la diplomacia económica brasilera.
Alberto Fernández tiene la oportunidad de un replanteo de esa trama. Y Mauricio, la alternativa de obedecer el espíritu republicano, que implica no desconocer que, en apenas cinco días, la decisión popular tiene otro intérprete; o bien renuncia al espíritu republicano y comete el peor autoritarismo, que es desconocer la voluntad popular revelada en una elección en la que, habiéndose achicado muchísimo la diferencia, tuvo un resultado contundente. El modelo PRO finiquitó por fracaso. Se expulsaron ellos mismos por inutilidad agravada por soberbia. ¿Cómo calificar, sino, la monserga final del dúo patético Marcos Peña – Jaime Durán Barba?

Macri no puede involucrar al país en una estrategia aperturista que la mayoría de los argentinos, si creemos en lo que implicó la última elección, ha rechazado.

Macri no puede involucrar al país en una estrategia aperturista que la mayoría de los argentinos, si creemos en lo que implicó la última elección, ha rechazado.

Marquitos
Ese autoritarismo, supuestamente elitista y definitivamente soberbio e ignorante, está representado en el gobierno por Marcos Peña, que fue (¡quién otro!) quien ha publicado un catálogo de “éxitos”, con el fin de atacar el inevitable inventario que deberá puntualizar Alberto Fernández respecto de las desgracias que ha dejado la herencia PRO después de cuatro años de gobierno.
Veamos. Peña dice que deja un país “listo para crecer”. Es algo irritante. No se puede ser tan insensato.
El PBI por habitante que nos deja el PRO –más allá de los errores del kirchnerismo– es menor al de 2011 y al de 2015. Sus cuatro años no repararon los errores de CFK en la economía real. Los acrecentaron: somos más pobres, en promedio.
Pero, lo que es peor es que, después de estos cuatro años, los ricos son más ricos y no sólo hay más pobres que en 2015, sino que estos son más pobres. Pero eso no es todo. La deuda social es enorme.
Además, dejan las finanzas públicas en situación de estrés financiero, a un paso del default. Y como si eso fuera poco, el mercado abandonado a su propia mecánica, sumado a la desesperación en las gestiones públicas, conforman un escenario próximo al descontrol inflacionario.
“Listos para crecer”, cuando estamos parados en una tabla que navega en el mar del default, la crisis social y el alud inflacionario. ¿Se puede ser tan ridículo?
Pero no sólo eso, llega a decir que su gestión “apagó los motores de la inflación”. Una manera sibilina de decir que la inflación de aquí en más, será responsabilidad de la nueva gestión. Increíble.
Es cierto que ellos recibieron de CFK una legión (¿tal vez dos millones?) de jubilaciones sin aportes, de personas que no habían trabajado, básicamente por tener ingresos y capitales que les permitían vivir de rentas, y ahora entre todos, les pagamos en forma de jubilación el alquiler de una cochera mensual para uno de sus autos; y es cierto que CFK les dejó una tracalada de beneficiarios de jubilaciones por incapacidad, de personas que gozan de buena salud.
Pero no sólo no hicieron nada para solucionarlo, sino que lo incrementaron. Cómplices.
Le sumaron al gasto público, que no eficientizaron (ver el Informe CIPPEC), una enorme cuenta de intereses por las deudas que tomaron, como si las drogas consumidas en abundancia, no tuvieran consecuencias.
Nada hicieron por la inversión reproductiva, y lograron que, en todos sus años de gobierno, el promedio de la capacidad ociosa sea uno de los más altos desde que se lleva la serie histórica.

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Peña dice que, en su gestión se crearon 1,2 millones de puesto de trabajo entre los que, en el mejor de los casos, la mayoría es empleo informal. En contraposición, se van con la más alta tasa de desempleo desde la crisis de 2001.
No es sensato ponderar la creación de empleo. El indicador verdadero es el nivel de desempleo, que es la medida de la votación del fracaso de una economía: no poder crear trabajo para los que lo demandan y, además, tener una tasa de pobreza que está entre las más altas -excluidas las de la crisis de la hiperinflación (1989) y la de la híper desocupación (2001)-. No es sensato.

Es cierto que CFK dejó al BCRA sin reservas, a pesar de tener controles y restricciones cambiarias. Es decir, no pudo resolver la debilidad externa. Obvio. También es cierto que el déficit fiscal era muy elevado, lo era la pobreza, y la inflación.
Pero a todos esos malos indicadores, el gobierno de Peña los agravó. La economía que entrega Macri es peor que la muy mala, malísima, que recibió.
La conclusión obvia, es que no hizo las cosas bien.
El gobierno deja a favor un balance comercial positivo. Pero por malas razones. Las exportaciones no aumentaron, pero las importaciones se desplomaron por la recesión. Deja 10 mil millones de dólares de reservas. Es poco, si tenemos en cuenta lo que debemos oblar en las próximas horas.
Pero esos dólares, además, son hijos de una deuda gigante.
Esa deuda obliga a compromisos próximos: el nuevo gobierno debe afrontar exigencias de acreedores privados, en dólares y en pesos, argentinos y extranjeros; y, además, la del FMI.
Al abrir la primera puerta “al mundo”, Fernández deberá decir “perdón, me tiene que esperar”. Y no sólo tiene que pedir plazo, sino que, además, debe sugerir que necesitamos inversiones.
¿Es entonces una buena herencia con el mundo la que deja Mauricio? Peña, al decirlo, peca de insolente, y al no darse cuenta, peca de ignorante. Mal.
La pobreza, la inflación y la situación fiscal, obligan al próximo presidente a que, cuando toque el timbre en la puerta de los argentinos, diga “perdón, me tienen que esperar”. El primer perdón es carne de default, y el segundo, de crisis social. ¿Hay algo más?
Sí. La cura de los virus monetarios de Lecap, Letes, Leliques.., y la presión de las distintas demandas, conforman una presión que pone al Presidente a tiro de la proximidad de una “híper”, si pierde la templanza monetaria.

Marcos Peña dice que deja un país “listo para crecer”. Es algo irritante. No se puede ser tan insensato.

Marcos Peña dice que deja un país “listo para crecer”. Es algo irritante. No se puede ser tan insensato.

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Es decir, el tercer perdón tiene que ver con esa dramática enfermedad que estalló con Raúl Alfonsín pero que, en realidad -es lo que creo-, se derivó de la cuenta de regulación monetaria que provocó el “Cavallazo”, que fue el primer atajo que inventó Domingo Felipe. El segundo, la convertibilidad, terminó en híper desocupación.
Peña ejecutó un ejercicio inútil. La economía Macri fue un fracaso. Y no porque las medidas necesitaban más tiempo para fructificar. No. Fueron un fracaso porque era inevitable.
Primero, por los operadores. Fernando Navajas, economista jefe de FIEL –la cuna del liberalismo– dijo en el programa “Corea del Centro”, que todos los economistas del gobierno Macri eran economistas del mundo financiero, exitosos en la compra-venta de papeles, en el ordeñe del corto plazo, pero no estaban preparados, ni entrenados, para gobernar la economía real. Y -digo yo– la chocaron.
Segundo, por el programa. El programa era, en lo externo, “apertura”; en lo interno, “ajuste”; en lo social, “calmar a los pobres”; en lo político, “déjame a mí”. La apertura financiera (el reino del pedal, cambio, cambio) generó enormes negocios para los financistas, un atraso cambiario con nefastas consecuencias reales y, además, endeudamiento para que puedan fugar; la apertura comercial nos dejó el 50% de capacidad ociosa. Y como en lo interno, la doctrina era el “ajuste” por la tasa de interés, el futuro se corrió por la alcantarilla, ¿las inversiones? Bien gracias. Tranquilizar a los pobres funcionó. Pasamos tiempos de calma. Pero como no hicimos nada para que dejen de ser pobres, los pobres aumentaron.
La pobreza se reproduce a una velocidad mayor que la promedio. La calma cuesta exponencialmente más. Una cuenta que no puede cerrar. Y como si esto fuera poco, la política de “déjame a mí”, que es más o menos el equivalente de “lo atamos con alambre”, se basó en la construcción del odio. En eso tuvo éxito Duran Barba, el odio no nos abandonó. Pero no sería justo asignarle el invento. Él es el responsable del mantenimiento, porque la grieta viene de antes: la usó el matrimonio Kirchner, inspirado en Ernesto Laclau, un “nacional y popular” visitante en Argentina y ciudadano en la práctica de Gran Bretaña. Veamos:

Los odios
Los apellidos de mis protagonistas del odio se pronuncian igual, se escriben distinto. Una “e” al final no hace diferencia. Lo que no se pronuncia es inútil en la conversación.
Mi primer protagonista es John William Cooke, figura muy importante en el peronismo.
Mi segundo protagonista es Julian Cook, un empresario inglés que, en las últimas horas, disparó un “pronunciamiento vergonzoso”.
A John William lo conocí en 1963, en La Habana.
De la existencia de Julian Cook me anoticié por los comentarios periodísticos.
En 1963, estuve en Cuba, representando a Economía Humana, la sección argentina del grupo fundado en Francia por el Padre J. Lebret –participó en la redacción de la Mater et Magistra (San Juan XXIII)– en tiempos del “diálogo entre cristianos y marxistas”.
Disfruté entonces de la conversación con J.W. Cooke y Alicia Eguren, su compañera, en la pileta del Hotel Riviera. Cooke estaba escribiendo un ensayo sobre “Los caminos de la libertad” de J.P. Sartre. Un intelectual retirado de la política de partido o de la Revolución, en Argentina.
Cooke de palabra y pensamiento fuertes, categórico, me asombró con su odio visceral a Juan Perón, quien residía, en aquellos años, en Madrid. Cooke había transitado todo el peronismo y ya no era el delegado de Perón.
Me sorprendió. En largas conversaciones, sentados al borde de la pileta, el gordo Cooke descerrajaba cataratas de insultos sobre Perón. Mentiría si dijera que recuerdo una frase de JWC a favor de este. Y mentiría si dijera que no observé el silencio de Alicia Eguren. Un silencio que sonaba fuerte: la ausencia de pronunciamiento, en ciertas circunstancias, es un poderoso discurso.
Desprecio destilaba John William las tres tardes que compartí con él en el remojo refrescante de la pileta. No conocía la historia de las relaciones partidas de Cooke y Perón.
Conocí profundamente el ABC del odio al peronismo y a Perón, en ese orden, por parte de los opositores de los años 50.
Pero en los 60, con Perón en exilio y el peronismo proscripto, aquella pasión ya estaba debilitada.
En la Universidad en la que militaba, los peronistas eran menos que una minoría; no eran parte de las luchas por el poder allí. La disputa era entre Humanistas y Reformistas, los que teníamos en común la defensa de La Reforma, el gobierno tripartito, la excelencia y la libertad de Cátedra.
La historia nos develó que, dentro de ambas corrientes universitarias, que se sostenían en ideologías enfrentadas, militaban muchos de los que, luego, serían encumbrados dirigentes peronistas.
En los 60, la furia antiperonista estaba en declinación y el peronismo de la resistencia había sido desplazado por otro peronismo que buscaba el fin de la proscripción, que llegó recién en 1973, después de 18 años del golpe militar originario, cuyas réplicas derrocaron a Arturo Frondizi y a Arturo Illia.
Antes del auge de las mini-formaciones guerrilleras, se estaba pariendo la convivencia política que finalmente se alumbró con La Hora del Pueblo, a fines de 1970. Toda esa etapa de civilización política, terminó con el golpe genocida de 1976.
Vale la pena recordar que, también en la antropología de Occidente, como diría Rene Girard, la paz ocurre después del sacrificio del chivo emisario. 1983 y la democracia, nacen con la condena colectiva y sin dobleces, a los horrores de la última Dictadura Militar.
¿Pero ha nacido la paz entre nosotros a pesar de haber transitado la condena unánime a los crímenes atroces? La respuesta es “No”. Tenemos que ir a por ella. Veamos.
A Cooke no lo conocía –sabía de su existencia mítica- y jamás imaginé que estaría compartiendo tardes con un Cooke feroz, “anti-Perón”. Aunque era peronista. Su odio a Perón tenía razones diferentes a las que alimentaban al antiperonismo de aquél entonces.
¿Se podía ser al mismo tiempo peronista y rechazar a Perón? Me parecía imposible. Pero la vida es una gran lección.

Los Montoneros, que vivaban a Perón, después de asesinar a su elegido José I. Rucci , en la Plaza, gritaban “votamos a una put…, a un brujo y a un cornudo”. Y a pesar de eso los “imberbes” -hoy ancianos y los hijos y nietos ideológicos de ellos-, siguen “vivando a Perón”.
Carlos Menem –en todos sus discursos presidenciales– englobó como “herencia pesada” a los años de los gobierno de Perón. Hizo una forzada marcha hacia un modelo más liberal y destructor, del que aún sufrimos sus desgracias.
Perón había nacionalizado los trenes, llamándolos Roca, Mitre, Urquiza, San Martín, Belgrano reconociendo las rutas de la construcción de la nacionalidad. Y Menem destruyó el Ejército, levantó los ferrocarriles y, de yapa, eliminó la moneda nacional, transformándola en un vale.
Pocas cosas más contradictorias con Perón. Sólo una la supera: la destrucción de la industria, el desempleo y la instalación de la pobreza estructural. Eso fue “el peronismo” de Menem que, desde que asumió la presidencia, ignoró a Perón, con cuya foto llegó al poder.
Néstor y Cristina, cuando Mario Das Neves asumía la gobernación, no disimulaban la irritación que les provocaba que el público cantara la Marcha. No lo querían al “viejo”. CFK –en la presidencia– despidió destempladamente a Antonio Cafiero, con insultos al General, cuando le pidió ayuda para el monumento a Perón.
Es difícil de entender. Se puede ser peronista y odiar a Perón discretamente. Ser peronista y hacer todo lo contrario de lo que él hizo, también.
Hace unos años, en la Ciudad de Tucumán, unos chicos vendían en la calle “lagartos pa´chomba”. Se puede falsificar la marca, comprando por unas monedas “el lagarto”. Se puede odiar, se puede traicionar, pero –eso sí–, para vender hay que tener la marca en la remera. La primera versión me la dio John William Cooke.
Un empresario inglés -Julian Cook- , en tránsito en Argentina, ha declarado que el “peronismo (es) un cáncer que destruye el país poco a poco, desde (hace) décadas”. Que lo diga un empresario en tránsito, después de un cimbronazo en sus negocios, carece de importancia.
Pero en realidad, la idea del “peronismo como enfermedad” tiene muchos años. La misma idea de “enfermedad” que muchos de nuestros mayores le asignaban, antes de la existencia de Perón, al radicalismo de Yrigoyen, que era el partido de los arrabales, e hijo del voto de los inmigrantes que se sumaban a la vida nacional.
El radicalismo en su tiempo, como el peronismo después, fueron agentes políticos de la incorporación de vastos sectores sociales a la vida democrática.
Al igual que con los trasplantes, “el cuerpo” genera naturalmente “rechazos”. Cuando “la solución” genera intolerancia, la muerte, la derrota, tornan futuro.

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Más allá de los hombres, los errores, las torpezas -de las que la historia abunda-, estas intolerancias, estos rechazos, estas expresiones verbales horribles como las de Cook –el inglés– ocultan la resistencia a comprender que una Nación es un proyecto de vida en común.
Esa enfermedad, que Cook groseramente asigna, como todos sabemos, se extirpa. Esa es la propuesta que surge de la metáfora. Extirpar a la mitad.
No hace falta ser un sociólogo experto para afirmar que, una parte importante del 40% de los votos de Juntos por el Cambio coincide con Cook. Ellos, esa parte de los electores, está sintiendo que una enfermedad mortal y devastadora se instalará en el cerebro de la sociedad impuesta por el 48% de los votos.
Algunos piensan que es un odio de clase. Otros –entre los que me encuentro– creemos que es la angustia que nos produce a muchos, la posibilidad de asistir a un largo período en el que “el deme dos en Miami” deje de ser posible. Que habrá que conformarse una ola de “productos flor de ceibo” para crear trabajo productivo.
Es que, ojalá sea así, aunque lo dudo, lo que ellos llaman “enfermedad”, es la posibilidad de que se instalen políticas de verdadera inclusión, que no son la AUH, sino las que crean trabajo productivo de bienes transables, industria que pueda exportar o que pueda sustituir importaciones.
Lo que algunos llaman enfermedad, son estas posibilidades.
No tengo la menor idea de si Alberto Fernández se encaminará por ese lado, o si realmente cree –como Mauricio- que nuestro destino está en Vaca Muerta y el litio. Pero lo que sí sé, es que, mucho antes de que Hipólito Yrigoyen representara la inclusión de los inmigrantes, Carlos Pellegrini –el fundador del Jockey Club–, contra la opinión librecambista de Juan B. Justo –el líder del socialismo–, sostenía que “sin industria, no hay Nación”. Claramente, esa es una tarea incumplida, y es la base material de toda inclusión.
Sin dudas, Perón en sus tres gobiernos, con errores y aciertos, procuró la industrialización del país –antes y después, otros también lo hicieron- y, como recuerda mi amigo empresario, los mismos industriales que se hicieron ricos con Perón, aplaudieron su caída, porque podrían tomar whisky importado. Desde entonces, no poder tomar importado, se considera una “enfermedad”.
Salvando las distancias, Cooke y Cook convergen. La vocación de “proyecto de vida en común” de Perón, hizo que John William lo despreciara –él quería a Perón en Cuba- y que los Montoneros asesinaran a su elegido, con la finalidad de detener aquel proyecto.
La vocación de desarrollo regional y de la industria nacional, es lo que canceló Menem; y la vocación de amistad política, la mutilaron los Kirchner.

Menem destruyó el Ejército, levantó los ferrocarriles y, de yapa, eliminó la moneda nacional, transformándola en un vale.

Menem destruyó el Ejército, levantó los ferrocarriles y, de yapa, eliminó la moneda nacional, transformándola en un vale.

Si Perón es la mejor expresión del peronismo; en política, lo que lo caracterizó -en su último período- fue la amistad, sintetizada por el abrazo con Ricardo Balbín, quién al morir el entonces Presidente, dijo que despedía a “un amigo”. En economía, el acuerdo para el desarrollo fueron las Coincidencias, el Acuerdo y el Plan Trienal, industria, exportaciones, desarrollo regional. Y en lo social, la liberación y la dignidad por el trabajo, el pleno empleo. Muchos peronistas lo han olvidado, muchos antiperonistas lo han ignorado. El odio es la peor enfermedad. Y las condiciones objetivas del presente son lo suficientemente críticas como para dejar que “los odios” nos gobiernen.
Brasil, Marquitos y los odios, son tres lecciones del presente.
Brasil, el MERCOSUR, es una cosa muy seria para nuestro presente y nuestro futuro. Tal como está, deben ser repensados esa relación y ese programa. Ambos países necesitan de esa complementariedad, pero esa complementariedad no puede basarse en la especialización, por ejemplo: Brasil industria, Argentina primaria. Tiene que basarse en la diversificación y en la complementariedad de la diversificación compartida.
El gobierno de Fernández debería hacer del replanteo del MERCOSUR un eje de su programa de desarrollo para Argentina.
Marquitos es el contraejemplo de la reflexión virtuosa. Así no. Repensar lo hecho por el PRO obliga a repensar lo hecho por CFK –que lo asuma el propio kirchnerismo– y a constatar que Néstor Kirchner –su gobierno– dilapidó la mayor oportunidad de desarrollo que tuvo la Argentina en muchos, muchos años.

Los mismos industriales que se hicieron ricos con Perón, aplaudieron su caída porque podrían tomar whisky importado.

Los mismos industriales que se hicieron ricos con Perón, aplaudieron su caída porque podrían tomar whisky importado.


No hacer la crítica del macrismo, sosteniéndola en la autocrítica de los 12 años de kirchnerismo, será cerrar la posibilidad de una concepción correcta de la política de desarrollo, que es imposible practicar sin un correcto diagnóstico que, sin dudas, tiene que ver con el futuro, pero no puede prescindir del diagnóstico de los errores del pasado.
Finalmente, la lección de los odios es que la paz, la amistad política, es una condición necesaria y se puede construir sin plata, pero sin ella, el verdadero riesgo país vuela. Estas son las lecciones que surgen de repensar el odio, sus orígenes, sus versiones.

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