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Alonso Rodríguez un hombre que vale la pena conocer

Es el Patrono de los Hermanos de la Compañía de Jesús. Es un místico y un maestro. Modelo de humildad.

Niñez y juventud

Alonso nace en Segovia, España, el 25 de julio de 1531. Esa ciudad industrial, dedicada a los tejidos de lana, era en ese tiempo m s importante que Madrid. Por tradición es católica, como toda España.

Diego Rodríguez, el padre, es un comerciante en paños y lana. La madre, María Gómez de Alvarado, es una mujer devota. El matrimonio tiene once hijos, siete hombres y cuatro mujeres. Alonso es el tercero. No son nobles, pero tienen dinero y aspiran a acceder a la burguesía acomodada. Se enorgullecen, sí, de ser cristianos de limpia sangre, es decir, de no tener ascendientes judíos.

Muy pocas noticias tenemos de la infancia de Alonso. Sabemos que, cuando tenía diez años, en 1541, dos jesuitas pasan por Segovia. Uno de ellos es el Bienaventurado Pedro Fabro, el primer compañero de San Ignacio. Predican en la ciudad y la familia Rodríguez los escucha.

Acabada la misión Diego Rodríguez los invita a descansar unos días en una casa de campo que posee en las afueras. La finca se llama El Rafal. Como acompañante Diego señala a su hijo Alonso. ¿Para que ayude en las Misas?. ¿Para que preste algún servicio o haga las veces de dueño de casa?. No lo sabemos. Pero este primer contacto con los jesuitas va a ser recordado por Alonso toda la vida, señalándolo como de gran importancia para su orientación futura.

Estudios en Alcalá

En 1543, Diego y Alonso, los dos hijos mayores, varones, son enviados a Alcalá a estudiar en el Colegio que acaban de abrir los jesuitas en esa ciudad. Es un Colegio establecido por el Bienaventurado Pedro Fabro.

Los hermanos estudian bien. Diego, el mayor, est bastante adelantado. Alonso, con esfuerzo camina a la zaga. Nada sabemos de las materias estudiadas. Sí, Alonso se hace amigo del H. Francisco Villanueva, admitido por San Ignacio en la Compañía y estudiante como él en el Colegio. Curioso, este Hermano Villanueva es el Superior de los jesuitas de Alcalá.

De nuevo en Segovia

En 1545 muere Diego Rodríguez. María Gómez queda viuda con once hijos por criar y educar. Necesita ayuda. El mayor de los varones, lleva muy avanzados los estudios, mejor que acabe. Que se sacrifique Alonso.

Alonso a los quince años est de vuelta. Ayuda a la madre en el negocio de las lanas. La industria segoviana de los paños est difícil. La competencia flamenca hace estragos y el comercio local decae.

No puede pensar Alonso en la reanudación de los estudios. Debe trabajar para la manutención de esa numerosa familia. El negocio es de la madre y Alonso debe ayudarla. Ni siquiera tiene poder para firmar los contratos. Doña María mantiene el comercio hasta los veintidós años del hijo. A esa edad empieza a firmar en nombre de ella.

Diego entretanto continúa los estudios, con no pequeños gastos de la familia. Se recibe de jurista y se establece con buena situación. De sus hermanas, una se casa; las otras viven solteras. De los otros hermanos menores, no sabemos casi nada.

Matrimonio

En 1557, a los 26 años, Alonso contrae matrimonio. La esposa es rica y se llama María Juárez. Pasa entonces a vivir a la Calle del Mercado, porque es mejor punto de venta para los paños. Muy seguidos nacen tres hijos, Gaspar, Alonso y una niña. Y aunque las cosas no marchen bien económicamente, Alonso parece ser un hombre feliz y da gracias a Dios por su familia.

Sin embargo, la niña muere pronto. También uno de los hijos. Poco después, en 1561, muere también la esposa. Tal vez, por tanta pena. Así, a los 30 años, Alonso queda viudo y con un hijo pequeño a quien cuidar.

Liquida el negocio, cierra la casa y vuelve a vivir con la madre. Tal vez, para que el niño tenga en su formación una mano de mujer. Pero la desgracia parece perseguirlo.

Al año muere también el hijito de tres años. La pena de Alonso es inmensa. Doña María muere al mes siguiente. Para Alonso estas desgracias, una tras otra, parecen ser una tragedia griega.

En la vida de Alonso Rodríguez Gómez aquí acaba todo. Y sin embargo, aquí también empieza de nuevo a vivir. El dolor puede llevarlo a la desesperación. Son muy numerosas y demasiado grande sus desgracias. Y sin embargo, como hombre piadoso, se vuelve hacia Dios.

¿Qué quiere el Señor?. ¿Cuáles son sus caminos?. ¿Qué desea El hacer con su vida?.

Discernimiento

Desde 1559 los jesuitas tienen un Colegio en Segovia. El primer Rector es el P. Luis de Santander, un hombre espiritual. Con él Santa Teresa trata las cosas de su espíritu cuando llega a la ciudad.

Con el P. Juan Bautista Martínez hace una larga Confesión general, con mucha calma y paz. Desde entonces empieza a vivir en el espíritu, profundamente. Grandes ratos de oración, misa diaria, confesión y comunión cada ocho días, y también penitencias.

Pasan así los años. Alonso se siente muy solo. Sus hermanas solteras lo acompañan en la vida piadosa. El negocio est descuidado. Pero Alonso no se atreve a discernir. En la oración se siente tranquilo. A veces cree tener ilustraciones muy hermosas. Le parece que la Virgen María lo consuela. Alguna otra vez cree ver en sueños que Jesucristo aparta las tentaciones que perturban.

Un día decide contar todo al P. Juan Bautista Martínez. Con él trata. Tal vez, Dios lo quiere para la vida religiosa.

Guiado por el religioso se decide a pedir el ingreso en la Compañía de Jesús. Alonso es examinado cuidadosamente. No es posible. Tiene ya 38 años de edad y los estudios no son suficientes. No podrá ser sacerdote. Para Hermano no posee salud y fuerzas para los trabajos de la Compañía. Es decir, un fracaso más en la vida.

Por un tiempo Alonso queda tranquilo. En su humildad, se considera indigno. Pero él tiene la resolución de abandonar el mundo. En esto no titubea. Conversa con sus hermanos, en especial con Juliana y Antonia. Les dice que no puede esperar más.

Tal vez el P. Luis de Santander quien está ahora en Valencia pueda indicarle el buen camino. Les pide oraciones y decide partir. Las dos hermanas callan, se entristecen, se resignan a quedarse sin la ayuda del que es el verdadero maestro de sus vidas espirituales. Alonso hace cesión solemne de sus bienes a las hermanas. Se reserva un pequeño monto y se despide.

Valencia

Por las tierras castellanas brota el frío. Alonso camina solo y a pie. Como lo hizo Ignacio de Loyola en otro tiempo y por los mismos caminos de Castilla. Atrás quedan la tumba de la esposa, los tres pequeños nichos de los hijos. Alonso camina. No vuelve la cabeza atrás.

Llega a Valencia a fines de 1568 o en los primeros días de 1569. Él sabe lo que quiere. Va derecho al Colegio de la Compañía. Pregunta por el P. Rector.

Queda sorprendido el P. Santander al encontrarse con su antiguo dirigido. ¿Qué busca?. Conversan largamente. El experimentado director analiza y se toma un tiempo para dar el consejo m s adecuado. Tal vez, Alonso puede ser un operario. Es cierto, no tiene letras. Pero es capaz de adquirir las más indispensables. Que estudie, eso le aconseja. No tiene dineros, pero puede vivir pidiendo con algunas ayudas.

Con la acogida del P. Luis de Santander, Alonso pasa a vivir en casa de un comerciante. Acompaña al hijo a la escuela y enseña a leer y a escribir a una niña pequeña.

Al año siguiente vive en la casa de la marquesa de Terranova y hace de ayo del pequeño Luis. Entretanto él repasa la gramática y se inicia en la retórica. Sin embargo, dedica m s tiempo a la oración, a la humildad y a la paciencia. Es duro para un hombre de 40 años estudiar con los niños de corta edad.

Una vida de ermitaño

En la vida de Alonso hay un episodio muy curioso. En Valencia traba amistad con un estudiante. La misma edad, los mismos estudios y la misma pobreza. Tienen gustos semejantes y también iguales deseos de buscar a Dios. Es una amistad gratificante.

En las vacaciones el estudiante amigo desaparece. Unos días después Alonso recibe una carta. Es del amigo que lo invita a San Mateo, a 20 de leguas de Valencia. Allí él ha encontrado la paz en una ermita y desea compartirla con Alonso.

Él viaja, sin dar avisos a nadie. Encuentra a su amigo y goza hablando de Dios, del silencio y soledad. El amigo insiste, Alonso debe quedarse para siempre y vivir en otra ermita cercana. Juntos, como los Padres del desierto, se animarán y conseguirán la paz. Alonso est de acuerdo, pero cree necesario volver a Valencia para dar cuenta a su Padre espiritual. El amigo se molesta, y Alonso se escabulle.

En Valencia, el P. Luis de Santander lo acoge como siempre, con cariño y con respeto. ¿Por qué antes Ud. no me dijo nada de esto?. Ud. ha cambiado. Hay cosas que no entiendo. Cuando Ud. vino a Valencia dijo que el Señor lo llamaba a la vida religiosa en comunidad. Y esto, para Ud. era claro. Ahora quiere ser ermitaño. ¿Por qué ese cambio tan radical?. No parecen ser esos los caminos del Señor. Temo que Ud. se pierda en este embrollo. ¿Por qué?, pregunta Alonso. “Porque Ud. quiere hacer su voluntad y no discierne bien”, es la respuesta del sacerdote.

Ahí Alonso se desarma. Ve claro nuevamente. Pide perdón y decide postular a la Compañía de Jesús. No importa el ser sacerdote. Lo que importa es servir en ella.

Un nuevo rechazo

El P. Luis de Santander lo ayuda. En ese mes de enero de 1571 la Congregación provincial de Aragón está reunida en Valencia. El P. Provincial, Antonio Cordeses, está en la ciudad y puede Alonso hacer la postulación.

El P. Cordeses lo examina y ve la mano de Dios en la vida de Alonso. Como es costumbre, cuatro examinadores intervienen. Pero de nuevo los consultores presentan las mismas objeciones de Segovia. Tiene mucha edad y pocas fuerzas.

El Provincial termina la Consulta con una sorprendente frase: “Recibámoslo para santo”.

Noviciado

La admisión inunda el corazón de Alonso. Es la primera alegría profunda en tantos años. Prepara todo con mucha prisa. Cada día que pasa le parece un año.

El 31 de enero de 1571 empieza su nueva vida de Hermano coadjutor. Se traslada a vivir al Colegio de San Pablo y da comienzo al noviciado.

Pero esa misma noche viene a verlo su amigo, el ermitaño. No llega como amigo, sino furioso. Le echa en cara el no haber vuelto a San Mateo. También habla pestes de la vida religiosa. Alonso quiere aplacarlo, pero el otro se retira indignado.

En el Noviciado est seis meses. Hace el mes de Ejercicios espirituales y las principales experiencias. Ahora sí que avanza. En la vida comunitaria y en lo espiritual es un buen ejemplo para los de casa. Todos lo quieren y ‚l se desvive por atenderlos.

La isla de Mallorca

A los seis meses los Superiores lo destinan al Colegio de Montesión, en Palma de Mallorca. Allí debe ayudar en la construcción del Colegio y de la Iglesia.

En el barco, rumbo a la isla hay mucho tiempo para pensar. Han pasado casi tres años, desde que empezó a vivir de nuevo. Durante dos, estudió y aprendió poco. Ha vivido, conoce muchas cosas. Ha recordado, pero no echa nada de menos. Pidió mucho a Dios y lo ha obtenido todo. Sí, es feliz y se promete seguir siendo feliz. En la inmensidad del mar hace su oración, muy humilde. Lo han admitido para santo. Él lo sabe. Pondrá todo su empeño en esa tarea.

En el Colegio de Mallorca casi todo le resulta fácil. La atención de la Portería es agradable. Los oficios domésticos son sencillos. Su ayuda en la construcción de la Iglesia es un trabajo semejante a Nazaret. Acompaña a los Padres cuando salen de casa al apostolado. Recuerda siempre su promesa al P. Luis de Santander. No est dispuesto a hacer su propia voluntad sino a cumplir lo que le manden.

Una cosa le preocupa en su humildad. Alguno o varios no tienen buena idea de él. Parecen no apreciarlo y eso le da pena. Tal vez el deseo de querer agradar ocasiona algún rechazo. Se le considera tímido y poco capaz.

Alonso teme que puedan despedirlo y eso lo intranquiliza. Desde lo m s hondo reza a Dios. Queda tranquilo cuando le cree que el Señor le dice: “Basta que lo quiera yo”.

Los votos religiosos

En Mallorca le corresponde pronunciar los votos de pobreza, castidad y obediencia. El noviciado est terminando. Alonso los pide con la debida anticipación para hacerlos el 31 de enero. Pero hay dudas nuevamente. En los Consultores. Las mismas que en Segovia y Valencia. Pero ahí está la frase del Señor: “Basta que lo quiera yo”.

Pronuncia los votos el 5 de abril de 1573, con dos meses de retraso.

El portero de Montesión

Su principal tarea es ser portero. Consiste en abrir y cerrar la puerta, dar recados a los de casa y encargos a los de fuera. Con absoluta uniformidad, día tras día. La comunidad está formada por más de veinte religiosos y los alumnos son legión. Alonso no sabe que su oficio va a durar 46 años. De los 40 a los 86.

Se esfuerza por vivir en la presencia de Dios, constantemente. Tiene a flor de labios una frase, cuando suena la campana: “Ya voy, Señor”.

El mirar las virtudes de los otros se hace rutina. Quizás es demasiado condescendiente. Pero este ejercicio a él le ayuda. “Allí viene el humilde. Ahí, el obediente. Allá viene el que jamás se enoja. Ese es el que vive en viva fe. Viene el de gran pobreza. Ese es prudente. Hacia ac viene el piadoso”.

El buen religioso

Para Alonso, no todo es miel sobre hojuelas. Al dolor de no saberse aceptado por algunos de la comunidad, se agrega el temor a ser despedido de la Compañía. Conoce su ignorancia y experimenta las pocas fuerzas físicas. Y m s de alguno, le ha hecho notar estas carencias. Además, le vienen a la mente pensamientos impuros.

Se refugia en la oración y penitencia. En su pobre aposento del Colegio, ruega a Dios con toda el alma. Por la perseverancia y castidad. En la capilla se postra ante el Señor. A veces la oración es un tormento. María es su madre y la importuna casi a gritos. Así, por años. Tal vez diez.

Suelen los Padres celebrar la misa en Bellver, a una milla de Palma, en el castillo de la señora de Pax. Alguna vez los acompaña Alonso. El camino es largo y la cuesta trabajosa. Alonso se sienta un momento en una piedra a descansar. Est rezando. De repente siente que María está a su lado y le enjuga el rostro sudoroso con un lienzo. ¡Qué gran consuelo!. Entonces se terminan los pensamientos impuros.

Escritor por obediencia

Al constatar los Superiores el interior espiritual de Alonso, le piden que escriba su vida y las experiencias.

Para Alonso ésta es una obediencia difícil y dura. No cree ser capaz. Sus letras son pocas, y su vida no tiene importancia. Las gracias recibidas lo confunden, no son un mérito suyo. Acepta la orden, profundamente humillado.

En varias entregas, desde 1604 hasta 1616, confundido, pasa al Superior sus pobres hojas. Por obediencia también, escribe un tratado espiritual que hoy ocupa tres volúmenes.

El Superior continúa ordenando. Alonso entonces escribe sobre el Padre nuestro, la unión con Dios, la limpieza del alma, la humildad, la mortificación, la oración, la tribulación, y la caridad. Sorprendente. No tiene estudios y el grado de Hermano no le deja tiempo para letras.

Un místico

En los escritos y en la vida, Alonso Rodríguez es un verdadero místico.

“La santidad no está en tener visiones, ni en tener consuelos, ni en tener don de profecías, ni revelaciones, ni en hacer milagros. Todas esas cosas cuestan poco al alma, porque Dios las da. La santidad cuesta grandes trabajos de mortificación con la gracia de Dios. La santidad est en el amor de Dios y al prójimo y en la profunda humildad de corazón, paciencia, obediencia y en la imitación de Cristo nuestro Señor”.

No hay dudas, la espiritualidad de San Alonso Rodríguez es la de San Ignacio, la del contemplativo en la acción.

En la mortificación Alonso es un maestro. Con oración y penitencia lucha contra las tentaciones de la carne. “En las tentaciones he sido más de doscientas veces mártir”.

Muchas veces le atormentan los escrúpulos, de no haber sido claro en la confesión de los pecados, de no ser lo suficientemente útil, de no estar predestinado a la salvación. En la oración y dirección espiritual resuelve no discutir con esta tentación. Porque “el demonio es un gran bachiller”, son sus atinadas palabras.

“Dios oyó su gran clamor y quiso, como suele consolar y visitar a esta persona. Porque estando anegado y escondido en alta oración en el abismo infinito de su Dios, al cual daba voces y gemidos, pidiendo que le perdonase y diese su gracia, tuvo su Majestad por bien visitarle. Y fue, que metida esta persona en este fervor de oración tan grande con su Dios, oyó una voz en alto, clara, que le decía: Tus pecados te son perdonados. Y esto fue por tres veces, una tras otra. Súbitamente a esta persona se le quitó toda la tristeza, aflicción y angustia que tenía, y fue llena de tan grande consuelo cual jamás ha tenido”.

“Por esta comparación se entenderá la transformación del alma en Dios. Porque Dios se comporta con el alma piadosa como el fuego con el fierro. Cuando el fierro está en el fuego, éste se comunica. Si el fuego es grande, el fierro se hace fuego, por comunicación, no por naturaleza. De la misma manera, cuando el Señor mete al alma en su Corazón queda endiosada y transformada en Él”.

“Esta persona era levantada sobre todo lo criado y puesta con su Dios a solas, como en otra región. Allí Dios le comunicaba gran luz del conocimiento divino y de ella misma. Conocía a su Dios, no por discursos sino en sí; no por razones, sino por clara luz del cielo. Y en la medida en que el alma se humillaba, Dios la levantaba al conocimiento de sí mismo y la abrasaba en el amor. ¡Oh amado mío, oh querido mío, t£ todo mío y yo todo tuyo. Esta es la transformación del alma en Dios. Llega a tanto que cada uno le da al otro todo lo que tiene y todo lo que es. Los que han llegado a este estado tan dichoso, y Dios les ha hecho esta merced, oran con gran descanso y suavidad, sin fatiga de pecho o de cabeza. Están con Dios, los dos a solas. Llega a tanto que, en lo que otros se fatigan, éstos descansan. Por el gran amor con que esta persona ama a este Señor, tiene las entrañas y el corazón abiertos de amor para aposentar en él a su amado”.

En torno al humilde Hermano parece girar, es cierto, el Colegio y la ciudad. Las gentes vienen a hablar con él, desde el virrey hasta el pobre.

Alguna vez le piden que d‚ una charla a los muchachos de la Congregaci¢n Mariana. Otra vez, m s a menudo, enseña el catecismo en la Iglesia. Conversa con los mendigos y los más necesitados. Estos parecen ser los preferidos. A los alumnos, que lo piden, les da alguna estampa, o en su defecto un papel, con un pensamiento espiritual. Esta vida apostólica, la de la acción y la del deseo, queda reflejada en una petición:

“Esta persona a menudo pide a Dios cuatro amores: el primero, el amor infinito de Dios. El segundo, el amor infinito de Jesucristo, Hombre y Dios. El tercero, el amor de la Virgen, Madre de Dios. El cuarto, el amor de las almas. Esta persona ruega a Dios, muchas veces al día, por la salvación de todos”.

El joven Pedro Claver

El 11 de noviembre de 1605 llega a Palma de Mallorca Pedro Claver Cerveró, de veinticinco años de edad. Con él han viajado otros dos jesuitas jóvenes. Vienen al Colegio de Montesión a estudiar Filosofía.

En las Casas del continente, Pedro ha oído hablar del Hermano Alonso. Vas a encontrar a un hombre de vida espiritual, mortificado y de gracias elevadas. Pedro es bueno y desea conocerlo seriamente. Setenta y cinco años frente a veinticinco. No importa. Un anciano y un joven. El que termina y el que empieza.

Los santos siempre se entienden, porque son hombres de Dios. Muy pronto surge la amistad. Con admiración Pedro descubre que la santidad de Alonso es superior a la fama publicada. Pasa a ser su confidente, una persona con quien puede conversar las cosas espirituales.

Poco a poco, Pedro Claver se transforma en discípulo. Todos los días se juntan a una hora determinada. El estudiante trabaja en los libros y el portero atiende visitas. Pero hay tiempo para el diálogo. Pedro pregunta, el anciano aconseja.

¿Qué he de hacer, Hermano Alonso, qué he de hacer para amar de veras a mi Señor Jesucristo?. ¿Qué debo hacer para agradarle?. Él me da grandes deseos de ser todo suyo, y yo no sé cómo hacerlo. Enséñemelo, Hermano, Ud. lo sabe”.

Alonso escucha. Es feliz con ese joven. Lo ve tan entero y decidido. Ora por él.

Un día en la oración, Alonso con los ojos del alma contempla los tronos de los bienaventurados en el Cielo. Hay uno vacío, el más hermoso. Admirado escucha la voz que explica el misterio: “Este es el lugar preparado para tu discípulo Pedro Claver. Es el premio por sus virtudes y las innumerables almas que salvar en las Indias, con sus trabajos y sudores”.

Prudente nada dice al joven Claver, pero lo mira con ojos nuevos, muy nuevos, casi con veneración. El confesor de Alonso le aconseja esa prudencia, que redoble la atención y que rece mucho.

Un maestro en discernimiento

En el diálogo, ahora entre santos, aparecen alusiones a las almas necesitadas de ultramar. De allá, de las Indias occidentales.

San Pedro y el Santo Hermano Alonso tratan, oran, hacen planes. A Alonso le gustaría ir a las lejanas tierras de misión. Pedro dice que ‚l puede reemplazarlo.

El discernimiento abraza todo. Las Indias orientales, las portuguesas, tienen el camino conocido, son muy seguras. Hay allí una Iglesia establecida y la Compañía es numerosa.

Las Indias occidentales, las españolas, son más duras. Son pobres. La mies es mucha y los obreros, pocos. Los indios y los negros est n abandonados. Viajar a América y trabajar con los humildes, ése es tercer grado de humildad.

Tal vez profeta

Un día, un día cualquiera, está Alonso en la Portería hablando con un jesuita valenciano, el P. Vicente Alcaina. Y van entrando en el Colegio los estudiantes Pedro Claver y Juan Humanes. Dice Alonso: “¿Ve Ud. a esos dos Hermanos?. Pues ambos irán a las Indias y harán gran fruto”.

Alonso fue profeta. San Pedro Claver se santificó en Cartagena de Colombia y Juan Humanes fue apóstol en Paraguay.

Pero a lo mejor el santo Hermano no es profeta. Bien podría el estudiante Juan Humanes haberse dirigido con el Hermano, en el discernimiento a la misión del Paraguay.

La santa despedida

Los tres años de Pedro Claver en Mallorca pasan raudos. Ha aprendido el camino de la mortificación y el del amor a Dios. Ha discernido y est tranquilo. Puede volver a Valencia a continuar la Teología. Alonso envejece, a ojos vistas. Pedro es el hombre que extender la vitalidad del viejo. El santo Hermano puede decir con paz su Nunc dimittis.

Pedro lleva la bendición del maestro y un cuaderno manuscrito con los avisos espirituales. Son el mejor tesoro y la mejor reliquia. Las letras firmes y elegantes de San Alonso le dan consuelo.

En el puerto de Soller, Pedro se embarca con su amigo Juan Humanes. Ninguno de los dos vuelve la cabeza atrás. En la Portería, Alonso queda solo con su Dios.

Los últimos años

Los últimos años son un volver a la rutina. A la santa rutina de la vida. En oración, es eximio. No puede estar sino en la presencia del Señor. Cuando el Superior le pide que disminuya el orar para aliviar así la mente, Alonso muy obediente quiere hacerlo. “Padre, pese a todos los esfuerzos, no puedo olvidarme de Dios”.

En enero de 1613 se cae en la escalera principal del Colegio. Iba dialogando con el Señor. Lo llevan a la celda inconsciente. El médico opina que la caída puede ser fatal para un hombre de tan trabajada edad. Al amanecer pronuncia unas palabras: “He sufrido como si hubiese estado en el infierno”.

Pasa la convalecencia orando. Cuando le dan un remedio, lo toma con gusto si es amargo. Cuando le preguntan qué quiere comer la respuesta es siempre la misma: “Lo que quiera o tenga el enfermero”.

En la oración se queda muchas veces dormido. Las primeras veces se inquieta. Va con su cuento al Superior y con escrúpulo lo dice en confesión. Los consejos de los entendidos son siempre los mismos. No hay falta. Es sólo una interrupción de la oración. No reponga el tiempo dormido. Alonso ve en esas voces la voluntad de Dios. Debe hacer del sueño un tiempo para orar. Goza ahora orando en sueños, y goza soñando en la oración.

“A esta persona le aconteció que habiéndose ocupado un poco en leer de la humildad, sin darse cuenta se durmió. Estando en profundo sueño, fue herido, en tan gran amor de Dios, que parecía que moría del amor de Dios.

Grande es la oración que se puede tener durmiendo, cuando Dios la da. Porque allí se ve que el alma anda a solas con Dios. Porque el cuerpo, como duerme, no impide al alma. Y así, entre Dios y el alma, hay gran silencio y soledad. El alma toda est ocupada en el amor de su Dios, pues lo tiene presente. Y así todo es amor”.

Una noche siente escrúpulos. Temeroso por su vida le dice a Dios: ¿Señor, qué quieres que haga con mi vida pasada?. De inmediato siente que Dios le responde: “Yo estoy contento de esa vida. Los pecados est n ya perdonados. No temas. Yo te quiero para la gloria“.

El año último de vida

El año 1617 es el último de su vida. Es un año de sufrimientos, como si el Señor quisiera consumar el ideal de Alonso. Compelido por la obediencia, confiesa Alonso que apenas tiene parte de su cuerpo sin martirio.

Pero en nada pierde su indomable espiritualidad. Siente pena cuando su frágil memoria olvida las oraciones más elementales.

En una crisis, cuando guarda cama, el enfermero le pregunta cómo ha pasado la noche. Contesta: “He dormido un cuarto de hora, y me pesa, porque ese tiempo he dejado de padecer”.

Sufre porque lo cuidan. No quiere molestar a nadie. Los estudiantes callan y lo veneran. Por fortuna, él se encuentra tan débil que apenas se le puede cuidar.

Los estudiantes jesuitas continúan visitándolo. Alonso desde la cama les suplica que le lean algún salmo de David o un soliloquio de Agustín.

Alonso sufre mal de orina. Es una tortura. Los remedios de la ‚poca no suelen ser los adecuados. Tiene a veces mucha fiebre. El médico no atina. A veces recobra la memoria, recita las oraciones habituales. Dialoga con Jesús y María y da la impresión de estar sano. Pero los dolores están presentes. De la cintura a los pies es prácticamente un inválido. Apenas puede mover los brazos. Cuando tiene que comulgar, se endereza, como puede.

El 15 de agosto, después de comulgar, siente que María lo toma en brazos y lo presenta a la Santísima Trinidad. Alonso sufre en el cuerpo, pero goza en su alma.

La muerte

El Hermano enfermero es bien curioso. Quiere saber el día de la muerte de Alonso. Este calla y no da respuesta.

Otro día, el 26 de octubre, al leerle la vida de una religiosa santa, el enfermero insiste: “Hermano Alonso, esta religiosa dijo, unos días antes, el día de su muerte”. El enfermo responde: “En esta materia suele haber engaño y no provecho”. Buena respuesta, por cierto, a un hombre curioso.

El enfermero vuelve a insistir. Alonso contesta: “Eso es una tentación. La vida es de Dios, y El enviar la muerte cuando bien le parezca. Ojal nos encuentre preparados para ese trance”.

Pero el Hermano enfermero es hábil. “El P. Ministro desea asistir a su muerte, y por esta causa ha atrasado los Ejercicios espirituales que iba a hacer en la casa de campo”. Alonso cae en la trampa: “Muy bien ha hecho el P. Ministro. Yo le doy las gracias por su caridad porque me encomendará a Dios, y así podrá asistir a mi muerte”.

El día 28 recibe la comunión. Su rostro causa la impresión de haber mejorado. El pulso est m s fuerte. De vez en cuando abre los ojos y dice solamente dos palabras: “Jesús, María“. La comunidad sabe que se muere. Llaman a un pintor para que lo retrate. Todos lo contemplan como a un santo. De cuando en cuando, Alonso abre los ojos muy alegres y dice: “Ah, Jesús”. Como si lo viera.

El 30 de octubre est dormido. La comunidad lo cuida, los estudiantes observan. Parece soñar con los ángeles y sus amigos los santos. De pronto, como si oyera las palabras de Cristo: “Aquí viene el esposo”, exclama: “Jesús“. Despierta y viene la crisis con mil dolores, con ahogos, cólicos y bascas. Con voz lastimera repite una vez más: “Jesús, Jesús, mi Jesús“. Todos asisten atónitos. Alonso est muriendo.

Deprisa avisan al P. Rector. Está muy avanzada la medianoche. Rezan todos la recomendación de la muerte. Un testigo dice: “Y nos miró a todos con una vista muy clara, viva, alegre. Se vuelve al Cristo que tiene entre las manos. Se inclina a besarlo. Pronuncia el nombre de Jesús y muere”. Para los jesuitas ha muerto un santo.

Después de la muerte

La muerte del Hermano Alonso conmueve a la ciudad. La campana de la Iglesia está doblando a muerto. No es un tañido fuerte, pero sí muy lastimero. La noticia va de boca en boca. La reacción impresiona.

Todos se dan cita en el Colegio, desde el Virrey, los miembros del Cabildo, las comunidades religiosas, los franciscanos, dominicos, mercedarios, agustinos, trinitarios y religiosas. Hombres y mujeres acuden al Colegio de Montesión. Todos quieren acercarse.

Los fieles colman la Iglesia y con gran devoción asisten a los oficios. Pero no es posible sepultarlo en la Festividad de Todos los Santos. Se propone dejarlo para después de la Conmemoración de los Difuntos. El pueblo así queda más tranquilo, porque podrá cumplir con sus deseos de devoción.

El sitio de la sepultura es la capilla de la Anunciación, en la Iglesia jesuita.

La glorificación

San Alonso Rodríguez fue canonizado el 15 de enero de 1888, en compañía de su discípulo San Pedro Claver y el joven jesuita San Juan Berchmans.

La Compañía de Jesús lo reconoce como uno de sus maestros espirituales y como el Patrono de los Hermanos Coadjutores. La isla de Mallorca lo venera como a su Patrono principal.

Fuente: http://www.cpalsj.org/

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